PORTADA
EDITORIAL
LOS AUARITAS Y LA MUERTE
LOS GUANCHES: Una introspección a merced del pueblo canario
ENTERRAMIENTOS EN PUEBLOS DE KENIA
CITAS, POEMAS Y SENTENCIAS PARA MEDITAR: Dámaso Alonso. Morir
EL LIBRO DEL MES: Scheper-Hughes, Nancy. (1997) La Muerte sin llanto.
Violencia y vida cotidiana en Brasil. Ariel. Barcelona.
EDITORIAL
Como la propia vida, el hombre se desenvuelve al azar, contiene al azar en sí mismo, está hecho para encontrarse con el azar, combatirlo, domesticarlo, escapar de él, fecundarlo, jugar con él, correr el riesgo que supone, aprovechar las oportunidades... pues, si se concibe la intimidad -profundidad entre la vida y el hombre, y si al mismo tiempo se admite la intimidad profunda entre la vida y la muerte, entonces se entiende también que, para el hombre, la muerte es inexpugnable en su fuente, en su soporte, en su horizonte (Edgar Morin, 1999: 370.).
La historia del estudio de la muerte, y en particular desde la antropología, es la de un marco disputado y de márgenes indelimitados, contornos dudosos con marcadas indefiniciones como campo de estudio propio. Minado de connotaciones extracientíficas por la dimensión emocional y naturaleza irracional de algunos fenómenos asociados con el morir, con él morimos, y fundamentalmente con los muertos y tras el mismo, fenómenos pre y postfunerarios, simbolismo cosmológico de los mismos, no al margen de los grandes debates epistemológicos.
La antropología de la muerte, nacida en la prehistoria, etnología, historia, sociología, donde los pilares de estudio han sido la identidad, la alteridad y la pluralidad, mediante una no siempre clara definición del objeto de estudio, indiscutiblemente condicionada por el marcado avance en el rigor de los diseños de investigación, quiere afirmarse como auténticamente científica, y dichos elementos no han sido ajenos al campo de estudio de la Tanatología, nutrida de sus mismas fuentes.
El presente número profundiza sobre distintas sociedades y culturas, así como sus ritos, que entienden la muerte y el morir desde opciones claramente distantes pero a la vez confluyentes en lo que respecta a dar sentido a la misma desde posiciones locuaces.
Alfonso Miguel García Hernández
LOS AUARITAS Y LA MUERTE
Ilenia Afonso Rodríguez
Un pueblo desaparecido: los auaritas
No resulta fácil reconstruir las prácticas funerarias de los auaritas -o benahoaries, como se llaman correctamente, debido a la concurrencia de distintos factores que han incidido negativamente en la conservación de estos yacimientos, tales como la superstición popular, la precariedad económica (abonos), el coleccionismo (1) practicado en distintas épocas o la simple ignorancia, han propiciado la destrucción de un gran número de yacimientos, siendo muy pocos los que han podido ser estudiados en su totalidad.
Este cúmulo de factores ha condicionado enormemente la investigación arqueológica, ya que el resto de la información se reduce a una escasa bibliografía (unos pocos datos fragmentados) y al testimonio, en ocasiones tergiversado, de los expoliadores.
Los datos recogidos en las fuentes documentales son bastante escuetos pero muy significativos si se los interpreta correctamente, pues en breves líneas nos informan de una práctica cultural como es el gerontocidio, de la disposición y características del ajuar, del modo y lugar en que se efectuaban los enterramientos y de los tabúes que rodeaban a estos. Todo ello se recoge en el siguiente texto de Abreu Galindo:
“Era en enfermedad esta gente muy triste. En estando enfermo, decía a sus parientes: Vacaguare (quierome morir). Luego le llenaban un vaso de leche y lo metían en una cueva, donde se echaba; y le ponían a la cabecera el gánigo de leche, y cerraban la entrada de la cueva, donde lo dejaban morir. Todos se enterraban en cuevas, y sobre pellejos, porque decían que la tierra ni cosa de ella no había de tocar el cuerpo muerto.”
En este texto, más que de las prácticas funerarias propiamente dichas, se nos informa de una determinada actitud del auarita frente a la muerte, la cual parece estar perfectamente sancionada en los presupuestos religiosos y morales de este pueblo. El cierre de la cueva con un muro de piedras no debió de ser una práctica muy frecuente, ya que no ha sido constatado arqueológicamente. Lo más probable es que estos datos se circunscriban a un determinado ámbito cronológico, y por tanto no deben de ser extrapolados al resto de la prehistoria insular.
El gerontocidio o mejor el deseo de morir frente a un problema insuperable es una práctica que aún subsiste en muchas comunidades primitivas y afecta fundamentalmente a los viejos, siendo considerada en estas sociedades como un medio para que el alma llegue en buen estado al más allá, donde es objeto de recompensa, sobre todo en el caso de los guerreros o sus viudas. En este marco se deben situar los suicidios que tienen lugar durante la conquista en islas como Gran Canaria o en La Palma, donde el caso más conocido sea el episodio protagonizado por Tanausú (2), que se deja morir en el barco que lo trasladaba a tierras peninsulares.
Los enterramientos se efectúan en cuevas naturales que, por lo general, no reciben acondicionamiento previo y suelen situarse en las inmediaciones de los núcleos de habitación. Para este fin se designan aquellas cuevas que por sus características geomorfológicas o de ubicación, tuviesen un escaso interés para ser utilizadas con otros fines (vivienda, corral...) o zonas de escaso aprovechamiento, pues es normal que sobre estos lugares pesen determinados tabúes que tienden a sacralizar el territorio funerario.
Cuando las cuevas escasean, como sucede en la vertiente suroriental y occidental de la isla, se aprovecha cualquier oquedad capaz de alojar y proteger el cadáver de las inclemencias atmosféricas y del merodeo de los animales. Es por esto último y por evidentes razones higiénicas, que se prefieran aquellas cuevas situadas en el tramo superior de la ladera, por lo general de difícil acceso. Este es el caso, por ejemplo de la Cueva del Polvo, situada sobre la cueva del Tendal en el punto más elevado de la ladera, donde los habitantes del poblado de Cuevas de San Juan (San Andrés y Sauces) depositaron sus muertos. Como contraste, en el barranco de Alén, tributario del anterior, se utilizó un angosto tubo volcánico situado entre dos cuevas de habitación para realizar un enterramiento.
Los yacimientos funerarios no aparecen tapiados como sucede en otras islas, aunque si se aprecian diferencias tipológicas entre aquellos enterramientos efectuados en zonas inaccesibles y en cuevas y los realizados a cotas más bajas aprovechando abrigos o accidentes naturales como protección. En este caso el lugar elegido es acondicionado para alojar los enterramientos como sucede en una necrópolis del barranco de la Galga, hoy prácticamente destruida, en la que se construyeron una serie de muros de piedra que servían de divisorias para cada enterramiento. En la Palmera (Tijarafe) se amplió la superficie del abrigo mediante una plataforma de piedra semicircular que rodeaba por el exterior el enterramiento principal.
Las cuevas de mayores dimensiones eran utilizadas como necrópolis colectivas donde se enterraba hasta colmar la capacidad de éstas, superponiendo en algunos casos los cadáveres que eran entonces separados unos de otros por hileras de piedras como se constató en La Cucaracha (Mazo). En ocasiones se reutilizan cuevas de habitación para efectuar enterramientos como ocurre en Los Pedregales (El Paso) o se realizan en el interior de la propia vivienda, aunque en este caso puede ser una práctica especial relacionada con el culto a los antepasados y reservada sólo a personas muy distinguidas, costumbre que está presente en numerosas sociedades africanas y que no es sino el reflejo del importante papel que juega la estirpe en la organización social.
En La Palma ha sido señalada su presencia en Belmaco por L. Diego Cuscoy, aunque ya antes K. von Fristch había manifestado su extrañeza al encontrar un yacimiento de estas características en el Barranco de las Nieves (Santa Cruz de La Palma).
Se han señalado para La Palma dos tipos de ritos funerarios diferentes: la inhumación y la cremación. La inhumación es la práctica más corriente entre los auaritas, apareciendo asociada a materiales cerámicos de todas las fases mientras que la cremación sólo lo está a las más antiguas. No obstante, quizás debiéramos hablar más que de inhumación de prácticas de deposición del cadáver, pues el contacto con la tierra está expresamente prohibido en la tradición cultural auarita.
Este es el motivo de que se disponga bajo el cadáver una yacija compuesta por elementos vegetales, pieles o madera, cuando no se embute el cuerpo en pieles de ovicápridos. En la cueva de La Palmera (Tijarafe) el difunto descansaba sobre un tablón funerario realizado en madera de pino, mientras que en El Espigón (Puntallana) los cuerpos aparecían forrados de pieles y colocados sobre una yacija vegetal.
Acerca de la posición y orientación del cadáver contamos con pocos datos debido a la problemática que rodea a la mayor parte de los hallazgos. Según Marín y Cubas “...los tendían muy tirado y ponían la cabeza hacia el norte”.
En los casos que se ha podido constatar la disposición del cuerpo, lo habitual es que se coloque en posición decúbito supino, aunque en El Espigón (Puntallana) esta posición se asocia a la de decúbito lateral flexionado.
En cuanto a la orientación tanto en La Cucaracha (Mazo) como en La Palmera (Tijarafe) los cadáveres aparecen orientados tanto en W-E como E-W, muy frecuente entre las poblaciones primitivas actuales que asocian el recorrido del sol a los polos vitales: el oeste sería el lado de la muerte mientras que el este lo es de la vida. De cualquier forma, los datos con que se cuenta para reconstruir estos aspectos son muy fragmentarios, al estar condicionados por numerosos factores como el sexo, la posición social del muerto o incluso con la causa que produjo el óbito.
El ajuar funerario nos indica la existencia de creencias en un mundo de ultratumba, reflejadas en la presencia de ofrendas alimenticias que son depositadas en recipientes cerámicos , de madera o de fibras vegetales, así como de algunos objetos materiales utilizados por el difunto en vida, dependiendo de ambos la condición y bienestar de éste en el más allá. La presencia de cerámicas es un dato de gran valor para encuadrar cronológicamente el enterramiento ya que los demás objetos, por su elementalidad y generalización dentro del contexto funerario, no son utilizables para estos fines. Es por ello que decimos que esta práctica es común a todos los períodos de la prehistoria insular.
Los objetos de ajuar personal son variados: punzones, útiles líticos en basalto y obsidiana, pulidores, objetos de adorno, etc. En el enterramiento del Espigón (Puntallana) aparecieron bastones de madera mientras que en el Acantilado de Bajamar y en Los Sauces se encontraron una serie de objetos realizados en madera con forma de cayado considerados en la bibliografía tradicional como atributos jerárquicos.
Otro hallazgo característico es un recipiente cilíndrico, realizado en corteza de drago forrado de piel de cabra, procedente de una cueva sepulcral de Los Sauces, según reza el correspondiente registro realizado por la Sociedad La Cosmológica, en cuyo interior se hallaron diversos objetos descritos por B. Lorenzo Rodríguez (1907) como agujas, ojeteras y una cuchillita de pedernal.
La cremación es un rito sepulcral inédito para Canarias, que en la actualidad, a pesar de las dudas manifestadas, resulta evidente para La Palma. Esta es la única isla en la que se aprecian indicios de prácticas crematorias, aunque en algunos casos responden a causas naturales (erupciones volcánicas o incendios forestales). Sin embargo, también está documentada la quema intencionada de restos humanos, quizás como un recurso para hacer espacio a nuevos cadáveres. Pudo haber sido una práctica llevada a cabo por los primeros pobladores de la isla y que posteriormente fue sustituida por la inhumación, el rito funerario, como se ha mencionado anteriormente, más corriente entre los auaritas. En todo caso, conviene matizar que se trata de una cremación sólo parcial, es decir, sólo afecta a determinadas partes del cadáver.
En efecto, se ha observado que en varias cuevas del NW de la isla, Toscanos, Llano Negro, El Caldero... existían huesos humanos quemados, al igual que en el nivel superficial de la cueva de La Cucaracha, en Mazo.
Se ha localizado además en otros puntos de la isla, la presencia de huesos quemados, L. Diego Cuscoy cita, por otro lado la presencia de restos humanos también quemados en la cueva habitación de Belmaco.
Esta cremación puede proceder de un incendio casual realizado por pastores o cazadores, de un incendio provocado en época histórica por causas que se desconocen, pero relacionadas con el miedo a los muertos o para obtener abono, o ser realizado por los aborígenes.
El estudio de la cueva de La Cucaracha, al ser de más fácil acceso a los materiales y al diario de excavación, y de la cueva del Cuervo, que, aunque, saqueada totalmente, se ha podido visitar, conocer los materiales y obtener información de sus saqueadores, ha llevado a la conclusión de la presencia de la cremación entre los aborígenes palmeros. En el estado actual de nuestros conocimientos no se puede afirmar que se trate de un rito o que sea un incendio realizado por los aborígenes, ya sea por el mismo grupo humano o por los siguientes con posterioridad a la inhumación para realizar nuevos enterramientos.
Esta última teoría nos parece descartable, ya que de ser así las cerámicas estarían quemadas, y esto no ocurre. Por todo ello se cree que la cremación se realizaba en la cueva utilizando madera de pino, según atestiguan las ramas semicarbonizadas de la cueva del Cuervo y, una vez quemados los cadáveres, nunca incinerados, se colocaba el ajuar.
El ajuar que acompaña a esta práctica de la cremación se compone de material lítico generalmente cantos rodados o instrumentos de piedra porosa, y cerámica, en la mayoría de las ocasiones se trata de vasos de tendencia cilíndrica con decoración acanalada en metopas.
Las investigaciones que se han realizado en torno la cueva sepulcral del Cuervo parecen demostrar que la cremación fue practicada por las primeras poblaciones que llegaron a La Palma, siendo luego sustituido este rito por la inhumación, datos estos observables por la estratigrafía y por la cerámica asociada a cada rito de enterramiento.
La inhumación es un rito muy generalizado en el norte de África desde los tiempos neolíticos, adoptando el cadáver posiciones diversas según cada cultura. Como no sabemos cual es la posición de los cadáveres inhumados, no podemos precisar con exactitud cuando fue introducido este rito en la isla.
En cambio, la cremación es un rito poco corriente en el África pre y protohistórica, habiendo localizado G. Camps sólo cinco casos, dos dólmenes, dos bacinas y un túmulo preislámico. En la Europa atlántica, este rito es practicado en algunas zonas desde el neolítico, perdurando y conviviendo con la inhumación hasta tiempos muy tardíos. Es en este mundo donde encontramos paralelos para otros elementos culturales de la Prehistoria palmera.
En la excavación realizada por Dimas Marín Socas, en una cueva sepulcral del barranco del El Espigón, en Puntallana, se pudo aportar nueva e interesante información sobre los enterramientos de los aborígenes palmeros.
En esta cueva, bajo una fina capa de tierra mezclada con excrementos de aves se encontraron, sin conexión anatómica, restos óseos humanos pertenecientes a varios individuos, y al fondo de la cueva, y a un mismo nivel, los cadáveres que conservan restos de piel en algunas partes de su cuerpo. Aparecen cubiertos en parte por pieles de animales perfectamente curtidas y cosidas y atados con cuerdas vegetales. Uno de los cadáveres estaba en posición decúbito supino y decúbito lateral flexionado el otro, el cual cuando se inició la excavación carecía del tórax y de las extremidades superiores. Ambos descansaban directamente sobre el suelo rocoso, sobre el cual en algunas partes se habían colocado hojas de pino y de otras especies vegetales. El único ajuar que se les puede asociar son algunas “mocas”. Se hallaron además, en las proximidades de los restos humanos fragmentos cerámicos sin decorar, “mocas”, patellas, punzones, un pequeño cuenco de madera y algunas ramas de palmera y de otros árboles, en ocasiones atadas con cuerdas vegetales.
BIBLIOGRAFÍA
Martín Rodríguez, Ernesto. La Palma y los auaritas. Edita Centro de la Cultura Popular Canaria. Tenerife. 1992.
Hernández Pérez, Mauro S. La Palma prehispánica. Editorial Museo Canario. Madrid. 1977.
http://www.infolapalma.com/prehistoria/VIII.htm
http://www.lapalma-magazin.info/magazin/spanisch/lapalma2_sp.htm
OTRAS DIRECCIONES DE INTERÉS
http://w3.infolapalma.com/publicaciones/territorio.htm
http://www.iespana.es/icodciudadeldrago/losguanchesyelmundoaborigen.htm
http://home.pi.be/~p4u00071/canarias/canguan3-esp.html
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(1) A partir de los años 60 se inició, tanto en aras de la ciencia como por puro divertimento, un afán coleccionista centrado en la búsqueda masiva de objetos para ser expuestos en colecciones privadas. Ello originó el expolio de interesantes necrópolis como la del Barranco del Cuervo (Breña Alta), La Cucaracha (Mazo), Barranco de La Galga (Puntallana), Barranco de Tenisca (El Paso), etc. cuyo estudio hubiera aportado datos de enorme trascendencia, al tiempo que hubiera ahorrado especulaciones inútiles.
(2) Personaje que lleva a cabo la primera huelga de hambre en el mundo.
LOS GUANCHES:
Una introspección a merced del pueblo canarioMª Paz Fernández Marrero
INTRODUCCIÓN
Si albergamos pensamiento en nuestra cultura antecesora, como originaria de las Canarias y como historia de nuestras Afortunadas, hallamos en las Islas la figura del guanche y la memoria del aborigen. Un pueblo que nació entre roques y creció en los riscos, una sociedad fundamentalmente ganadera que aprovechaba la tierra en sus épocas de pastoreo y que fabricaba herramientas a utilidad de una mente y a moldeado de una mano. Desde una perspectiva verosímil, incorrecto sería no hacer divisiones por islas y englobar todas las actuaciones en una misma lista. El factor insular influyó considerablemente en los apuntes semejantes, pues a pesar de una cierta cercanía en kilómetros, el océano convirtió a los isleños en completos desconocidos, tal que de occidente a oriente, e inversamente, quedó patente la diferencia de una misma raza, pero increíblemente se advirtieron similitudes, participadas todas ellas de una causalidad que podría rozar la enajenación. Así que nos introduciremos en un pueblo sentenciado a siete partes, y por tanto, a siete diversidades culturales. Como foco anterior a la conquista, es que centraremos nuestro análisis, a efectos de avistar unas costumbres sin fuerzas externas ni presiones a una obediencia impuesta. Eso es, un pueblo con la percepción de supervivencia, pero sin inquietudes de colonización, en su más puro estado de desarrollo antropológico, en su mirada virginal a una piel madurada por el sol de la montaña, a unos huesos curtidos por la pesca en la mar.
Si bien fijaremos nuestro ojo en el áureo anillo de la muerte, casaremos el último halo de vida con la creencia de una eternidad, que para ser heredada a modo de entendimiento, proclamaremos las principales características de esta raza (¿cómo eran los guanches?) junto a sus formas de organización (organización social y política) , para a continuación revivir a imagen de un pueblo su concepción mortuoria, sus lugares y sus posiciones de enterramiento, sus rituales post-fallecimiento, sus creencias en lo que habría de derivar el alma, así como en lo que debía hacerse con el cuerpo del exánime,......(La Muerte, Entre los Vivos y el Más Allá, Sepulcros, Rituales, Creencias y Prácticas Religiosas, Los Enterramientos, Los Embalsamamientos).
¿CÓMO ERAN LOS GUANCHES?
Los guanches eran los antiguos pobladores de las Islas Canarias, aunque esto ha generado cierta confusión al entenderse que guanches sólo había en Tenerife. Cierto es que guanches se denominaban los habitantes de esta isla, y al principio de la colonización eran nominados según las islas de procedencia: guanches, canarios, gomeros, palmenses [...] Pero no hay que dudar que todos los primitivos de las islas tenían origen común y desde hace bastante tiempo se emplea la palabra "guanche" para denominar a la etnia aborigen de Canarias.
En cuanto a la estatura, no eran tan altos y corpulentos como se les ha venido atribuyendo, sino en su mayoría, de mediana estatura. Existían dos razas fundamentalmente: la cromañoide y la mediterránea, con características que la Dra. Ilse Schwidetzky definía como, para los cromañoides: cara ancha y robusta y cráneo alargado y estrecho, y para los mediterranoides: cara alta y delicada y cráneo corto y ancho.
Los guanches no se comunicaban entre las islas porque no conocían la navegación. Eran pacíficos y de muy buenas virtudes, valientes y grandes defensores de la libertad de su patria, generosos, compasibles y buenos cumplidores de su palabra.
Escribían los capellanes de Juan de Bethencourt en referencia a ellos: "Id por todo el mundo y no encontraréis en parte alguna gente más hermosa y mejor formada que la que se halla en estas islas, así hombres y mujeres siendo grande su entendimiento si tuvieran enseñanza".
ORGANIZACIÓN POLÍTICA Y SOCIAL:
En el momento de la conquista, las Islas Canarias estaban gobernadas por uno o varios reyes o príncipes en cada isla. En Gran Canaria, al rey llamaban Guanarteme y en Tenerife, Mencey. Los reyes tenían sus consejeros o capitanes. En Tenerife había tres capas sociales: Achimenceyes, rango después del mencey, Achiciquitza, nobles, y Achicaxna, villano. Al capitán lo llamaban Sigoñe. En Gran Canaria llamaban Faycán al gran sacerdote, Guaire o Gaire al consejero o capitán y Fayacán al juez. Al ser nombrado mencey hacían el siguiente juramento: "Agoñe Yacoron Yñatsahaña Chacoñamet", juro por el hueso de aquel que me hizo grande; la ceremonia se celebraba en el "tagoror".
Las leyes eran diferentes en cada isla: en El Hierro le sacaban un ojo al que robaba por primera vez y el otro a la segunda. En Gran Canaria mataban al homicida y ponían en la cárcel al que robaba. En Fuerteventura, al criminal le escachaban la cabeza con una piedra. En Tenerife no existía la pena de muerte: castigaban severamente al ladrón y en especial al que faltara el respeto a las mujeres, al homicida le quitaban todos sus bienes para indemnizar a los familiares y lo desterraban del menceyato. En La Palma no era castigado el hurto porque lo consideraban un arte. Cada rey se reunía con sus consejeros en el "tagoror" (plaza en forma de círculo construida de piedra) para tratar de diferentes asuntos y administrar justicia.
Cualquier hombre podía llegar a ser noble. Para ello tenía que aportar méritos personales además de no haber tenido malas costumbres. En la ceremonia preguntaban si lo habían visto matar u ordeñar cabras, si había preparado la comida con sus manos, si había robado en tiempos de paz, si había sido deshonesto, especialmente con alguna mujer. Si la respuesta era negativa le nombraban noble, pero si era positiva le cortaban el pelo y lo convertían en villano para siempre, dándole el apodo de trasquilado.
LA MUERTE
Reconstruir la actitud de los grupos humanos del pasado ante el hecho de la muerte conlleva siempre grandes dosis de dificultad. Se aborda un mundo singular en el que son partícipes directos las ideas, las creencias y los modos de vida, partiendo, fundamentalmente, de las evidencias materiales conservadas en aquellos espacios que la comunidad elige para rendir culto a sus antepasados. Pero, además, ha de tenerse en cuenta que el mundo de las prácticas funerarias no es una parcela aislada en la vida de estas sociedades, por lo que la explicación de su respuesta ante la muerte no puede pasar por considerar ésta como una manifestación desvinculada del resto de sus vivencias cotidianas.
El recuerdo y homenaje a los difuntos, los antepasados, constituye un elemento que sirve para la identificación y caracterización de la formación social de los guanches, lo que permitirá, en el mismo sentido, la reconstrucción de las formas de vida de estos grupos humanos, de su vinculación con el territorio y con los que en él habitaron, la forma de entender sus relaciones, la familia o la comunidad, etc. En definitiva, la aproximación al mundo de la muerte favorece la reconstrucción de múltiples aspectos del devenir histórico de esta sociedad.
Hablar de las prácticas funerarias guanches suscita el recordatorio de uno de los aspectos que con mayor frecuencia se ha asociado a estos comportamientos culturales: la momificación. Pero sin querer restar importancia a este hecho, en muy pocas ocasiones se ha considerado la momificación como fenómeno cultural, más allá de su significación como elemento de distinción social. Lo que viene a decirnos que a pesar de ser la momificación una acción espectacular, únicamente constituye una parte, quizás minoritaria, del comportamiento funerario de los guanches.
Son los elementos que constituyen el desarrollo y evolución del ritual los que ayudan a la reconstrucción de las prácticas funerarias guanches, esto es: los anteriores al depósito del cadáver, aquellas inherentes a este proceso, y todas las que acontecen a partir de ese instante.
ENTRE LOS VIVOS Y EL MÁS ALLÁ
Los lugares en los que los guanches rindieron homenaje a sus difuntos normalmente aparecen agrupados formando y definiendo auténticas necrópolis. Éstas, por lo general, se encuentran estrechamente vinculadas a los espacios dedicados al hábitat, localizándose en el interior de los mismos conjuntos, o bien en sus cercanías. Desde este punto de vista resulta patente la intención de garantizar la continuidad y la estabilidad, tanto de las áreas de habitación como de aquellas destinadas a dar sepultura a los muertos del grupo.
El mundo de los muertos se muestra como uno de los factores sobre los que se sustentan los nexos sociales establecidos entre el grupo y su territorio, también interviene en la identificación de la comunidad local, y evidentemente, condiciona las relaciones entre ésta y otros colectivos más o menos cercanos. Siendo por ello que las necrópolis se erigen como elementos de suma importancia en la configuración y definición del denominado "espacio socializado".
En la mayor parte de los casos, resulta posible observar una fuerte vinculación, ya sea de proximidad física o de integración territorial en un espacio común, de los enclaves funerarios y los domésticos. Este hecho pone claramente de relieve la intención de no desligar el mundo de los vivos del de los muertos, aspecto que se plasma en la elección de los lugares donde se van a ubicar las necrópolis. Esta situación de proximidad tiene normalmente una traducción de contacto físico directo, pero también se exterioriza mediante un complejo ritual funerario que implica relaciones sociales y desarrollo de actividades económicas, que sin duda vienen a representar el trasvase al mundo de la muerte, de los esquemas que rigen la vida cotidiana de estas poblaciones, un comportamiento que viene dictaminado, en principio, por la conciencia de que la muerte no es independiente de las variables que afectan a la comunidad viva. En esta misma idea redunda el carácter colectivo que poseen prácticamente todos los recintos funerarios.
La vigencia de los vínculos con los antepasados se erige como un fenómeno que explica la identificación de un grupo con el espacio en el que habita, reforzando el sentido de comunidad y también el de pertenencia a una formación social, así como el papel que desempeña cada individuo en ésta. Tal circunstancia constituye un elemento clave para explicar el establecimiento, vigencia y legitimación de unas particulares relaciones sociales de producción, en las que interactúan tanto el grupo humano como el medio en el que se asienta. Importante significación que, en la propia articulación del modelo socioeconómico de esta formación social, adquiere entre los guanches la ascendencia, el linaje familiar al que se pertenece. Así es como los lazos de parentesco que condicionaron buena parte de la existencia de estas poblaciones tienen su continuidad en la muerte, manteniéndose el sentido de comunidad y de relación entre los vivos y los difuntos.
Cabe señalar, por tanto, el carácter colectivo de los depósitos sepulcrales como uno de los rasgos básicos del ritual funerario de los guanches. En gran parte de las ocasiones, los espacios sepulcrales estarán destinados y habilitados para la recepción sucesiva de restos humanos a lo largo del tiempo. Éste va a ser uno de los aspectos fundamentales que definen la configuración y funcionamiento de las necrópolis; razón por la que resulta lógico plantear que el emplazamiento de las mismas se lleve a cabo con perspectivas de continuidad y con una asociación directa a las zonas de poblado.
SEPULCROS
En cuevas semejantes a las habitadas se depositaba a los muertos. Estas cuevas sepulcrales suelen estar en la zona más alta del acantilado, en lugares casi inaccesibles, o bien en el extremo de los barrancos, lejos del poblado. Tales cuevas eran utilizadas muchas veces para distintos cadáveres. Éstos pueden estar o no momificados; lo que parece depender de la categoría social del muerto. Podríamos citar como elementos constructivos funerarios de culturas posteriores a los "túmulos" en Gran Canaria; los hay de un piso o formando graderíos. Los más simples forman un amontonamiento de piedras troncocónico. Los más complejos tienen gradas y torreones.
El uso prolongado de los espacios sepulcrales viene probado por la existencia de lo que se ha denominado depósitos secundarios. Se entiende como sepultura secundaria a las desarrolladas en varias etapas, en las que el proceso de descomposición del cuerpo o los cuerpos, tiene lugar total o parcialmente en un espacio diferente al del recinto definitivo de deposición. Otra posibilidad, si bien menos frecuente, es que esta última deposición haya sido precedida de una o varias etapas de descomposición y/o descarnado. Normalmente se ha defendido que la existencia de este tipo de práctica responde a la necesidad de acondicionar espacios en los que realizar nuevos "enterramientos", razón que lleva a una alteración de los precedentes. Por lo general, tales eventos no constituyen una acción carente de normalización y sentido ritual.
RITUALES
La reconstrucción de los gestos rituales se manifiesta como la faceta de más difícil valoración de cuantas integran el complejo mundo de las costumbres funerarias. Interpretar unos acontecimientos, sentimientos y actitudes que no siempre dejan constancia material de su existencia, constituye de todos el reto más complejo a los que se enfrenta el investigador cuando aborda el estudio de un espacio sepulcral. Las fuentes etnohistóricas aportan diversos datos en esta línea. En estos relatos se alude continuamente a las manipulaciones de los cadáveres antes de ser conducidos al lugar escogido para su depósito definitivo. Espinosa ofrece así algunas detalladas descripciones de extraordinario interés: "tomando el cuerpo del difunto, después de lavado, echábanles por la boca ciertas confecciones hechas a manteca de ganado derretida, polvos de brezo y piedra tosca, cáscaras de pino, poniéndolo al sol, cuando de un lado, cuando de otro, por espacio de quince días hasta que quedaba seco y mirlado, que llamaban saxo. En este tiempo tenían lugar sus parientes para llorarla y plantearles, que otras exequias no se usaban; al cabo del cual término, lo cosían o envolvían en un cuero de algunas reses de su ganado, que para ese efecto tenían señaladas y guardadas, y así por la señal y pintada la piel se conocía después el difunto [...] y desta suerte lo llevaban a alguna inaccesible cueva, puesta en algún risco sajado, donde nadie pudiese llegar, y allí lo ponían y dejaban, habiéndole hecho en esto último beneficio y honra". Este proceso, además, muestra una particular división sexual del trabajo, ya que: "cuando moría algunos dellos, llamaban ciertos hombres (si era varón el difunto) o mujeres (si era mujer) que tenían esto por oficio y desto vivían".
A pesar de lo significativo que resultan este tipo de narraciones, son del todo insuficientes para llevar a cabo la reconstrucción completa del complejo y variado ceremonial que rodea a la muerte entre estas poblaciones. Es muy probable, como trataremos de plantear, que el ritual no se circunscriba únicamente a la preparación del cadáver y a su deposición en el espacio escogido para ello, como tampoco parece descabellado asumir que la manipulación de los cuerpos, evidente marcador de distinción social, no afectaría a todos los individuos por igual.
La intención de homenaje que se esconde tras toda una serie de actuaciones funerarias encaminadas a no separar el mundo de los vivos del de los muertos, nos revela que estos últimos parecen seguir formando parte de la comunidad, superando el hecho biológico de la muerte. Por otra parte, el intenso respeto y culto que parece merecer la figura del antepasado, reafirma la cohesión de los vínculos parentales y de pertenencia al linaje, por lo que en definitiva constituye un mecanismo de validación y cohesión del organigrama social, colaborando asimismo en la identificación que el grupo humano establece con respecto al territorio en el que habita.
La significación de los antepasados, la identificación de éstos con determinados restos humanos, y su activa participación en la definición y configuración de un colectivo social es un hecho que aparece reflejado en las fuentes etnohistóricas: "Cuando alzaban por Rey a alguno, tenían esta costumbre, que cada reino tenía un hueso del más antiguo rey de su linaje envuelto en sus pellejuelos y guardado y, convocados los más ancianos del Tagoror, lugar de junta y consulta, después de elegido el rey, dábanle aquel hueso a besar: el cual, besándolo , lo ponía sobre su cabeza".
Durante la ceremonia en la que se entroniza al nuevo Mencey se establece una comunicación con el mundo de los antepasados a través del hueso de un antecedente del nuevo jefe, al que le confieren un valor sagrado: "Y cuando se elegía lo juraban con esta ceremonia que tenía guardada cada reino con recto la calabera para el propio efecto, del más antiguo rey de aquel estado del cual linaje y sangre descendiese aquel que por entonces se elegía : y juntos en el puesto de consulta que en su lengua llamaban el Tagoro sacabanla con suma reverencia y luego el nuevo rey que se juraba la besaba y, encima su cabeza poniéndosela, decía estas razones: -Achorom, Nunhabec, Zahoñat Reste, Guañac Sahur Banot Xeraxe Sote que quiere decir: "Yo juro por el hueso que tuvo real corona, de imitarle, guardándolo todo el bien de la República". Luego todos los grandes, prefiriendo el más anciano, de pos si tomaban la propia calavera y la ponían con gran respeto sobre el hombro diestro besándola, diciendo muy humildes: -Agoñec Acorom Inat Zahaña Guañoc Reste Mencei, que significa: "Juro por aquel día celebrado de tu coronación, de ser custodia de nuestro reino y tu descendiente."
Esta memoria no era privativa de este ritual de entronización, sino patrimonio de toda la comunidad que lo invocaba para ponerlo como testigo de sus actos o juez de sus decisiones.
Como otro capítulo a narrar sobre un ritual, quedémonos con la versión que aparece en B. Bonnet (1.941), de Diego Gomes: "Y tienen la costumbre de que, cuando muere un rey, le extraen las vísceras, y las colocan en una cesta hecha de hojas de palmera. Y hay allí, en aquel monte, un lugar peligroso que da sobre el mar cortado a pico, y aceptan que voluntariamente uno de los naturales de la tierra lleva consigo las vísceras del rey y vaya a lo más alto que pueda de aquel lugar escarpado, y se arroje al mar, de donde no puede salir más; desde lo alto al fondo hay más bien 500 pies. Están allí los demás mirando y diciendo, algunos de ellos: "Te encomiendo al padre", otros: "Al hijo", otros a su amigo muerto, y "dile que sus cabras están muy gordas o flacas, o si se han muerto o no. Y todas las noticias que saben de sus reyes y parientes les envían a sus reyes y parientes difuntos por medio de aquél que se arroja al mar".
CREENCIAS Y PRÁCTICAS RELIGIOSAS:
Todos los pueblos de la tierra han expresado su creencia en poderes que están más allá de lo natural y han desarrollado ritos y ceremonias suplicando la ayuda divina ante las dificultades y las limitaciones de la vida.
Los pueblos, en la situación más primitiva, han sabido identificar esos poderes sobrenaturales con los fenómenos más espectaculares de la naturaleza, como son el rayo, el trueno, el sol, la lluvia e incluso los animales. En un segundo paso, de mayor evolución, se tiene la fe en distintos dioses, que suelen ser representados de forma humana en las leyendas y en las imágenes esculpidas o pintadas. En un tercer momento, se piensa que hay un solo dios, fuente del bien, aunque al mismo tiempo se cree en otros poderes o espíritus. Dentro de éstos suele figurar en muchas religiones el "Espíritu del Mal" o "Demonio", tal que el pueblo guanche, en la mayor parte de las islas, contrapone al Espíritu del Bien el Espíritu del Mal. La idea de un Dios Supremo parece que se manifiesta en todas las islas y, además, con un mismo nombre, a pesar de las distintas alteraciones lingüísticas en cada isla. Extraordinario es pues que ese pueblo reconocía y adoraba a un Espíritu Supremo y Creador.
Está claro que un pueblo que momifica a sus cadáveres y que le hace ofrenda de objetos no lo hace sólo como veneración a su recuerdo. La idea de un viaje eterno está expresada en todo ese rito. La esperanza en otra vida es evidente, así como su creencia en la inmortalidad del alma, imperecedera es.
El sacerdote, encargado de lo sagrado aparece en todos los pueblos. En la etapa inicial es un hombre de la tribu que sobresale por sus poderes mágicos o especiales. La admiración que despierta en el pueblo hace que sea considerado con una nobleza semejante a la del jefe o rey; y cuando esta sociedad evoluciona, ya no se repara tanto en su carácter mágico personal, como en su noble procedencia.
Como lugares sagrados, en general, solían invocar a la divinidad en las cimas de las montañas.
Como ritos y oraciones, la carencia del agua era la razón más frecuente, en todas las islas, que motivaba las distintas ceremonias y plegarias. La ofrenda más común era depositar manteca y leche sobre los peñascos. Algunas veces se quemaba cebada. En las ceremonias se levantaban las manos al cielo y se gritaba y cantaba.
LOS ENTERRAMIENTOS
El culto a los muertos tiene un valor especial entre los guanches. El respeto por el muerto y la creencia en otra vida hacen que prodigaran de cuidados a los cadáveres en sus enterramientos, que podían ser en cuevas o en túmulos, de acuerdo con las distintas culturas que convivían en las islas. En La Palma parece que se practicaba la cremación de los cadáveres. En La Gomera era ritual colocar al cadáver de lado y en forma fetal. Los enterramientos en cuevas sepulcrales podrían ser momificando o no a los muertos. La cueva funeraria iba albergando distintos cadáveres en épocas diferentes. En torno al cadáver se depositaban cuentas de collar, bastones, punzones, [...] lo que se conocía como ajuar u ofrenda funeraria.
El cadáver era transportado en una larga pieza de tea, cuyo nombre parece ser chajasco. Muchas veces el suelo de la cueva era acondicionado con lajas y relleno para que quedara en perfecta horizontalidad el cadáver. Primero se colocaban unos tablones; algunos perforados con unos agujeros. En la parte de la cabecera, algunas lajas de piedra para reposar la cabeza. Sobre los tablones se ponía un lecho de hierbas especialmente aromáticas, como era el tomillo; y sobre esta yacija quedaba el cadáver. En las cuevas funerarias de la montaña, en lugar de tablones, se encuentra un lecho de ramas y troncos. Tanto los tablones, como éstos, tienen la finalidad de conservar mejor la momia librándola de la humedad del suelo.
Es evidente que la actividad funeraria supera la mera deposición del cadáver, o de los restos óseos, en el lugar sepulcral. Tal actividad incluye, a todas luces, una serie de acciones que, normalizadas o no, determinarán el carácter del "enterramiento" y en un sentido más amplio, son reflejo del sistema ideológico inherente a la formación social guanche. Tradicionalmente, se han primado entre tales acciones los comportamientos referidos al acondicionamiento del espacio sepulcral, a la disposición del cadáver en el mismo y al tratamiento del que ha sido objeto, así como la descripción de los elementos materiales que integran el enterramiento.
No cabe duda que todo espacio sepulcral va a tener como fin último el reposo de los individuos que formaban parte de la comunidad que les rinde homenaje, con lo que cualquier elemento que se incluya está ligado, de forma directa o indirecta, al ritual funerario llevado a cabo. Buena parte de estos restos han sido agrupados bajo la denominación genérica de ajuar, considerándose como tal todos aquellos artefactos que se asocian a los enterramientos acompañando a los muertos, e integrado por los objetos personales y ofrendas que el grupo dedica a sus difuntos. A partir de ellos, se plantea la idea de una creencia en el más allá con unos requerimientos, al menos materiales, similares a los de la vida terrenal.
Apoyándose en una definición poco precisa de ajuar, se han hecho formar parte de esta categoría las evidencias de recipientes cerámicos, las industrias líticas, óseas, malacológicas y lígneas, además de los elementos de adorno personal confeccionados en diferentes materias primas como barro, hueso, madera, concha, etc. Estos materiales se identifican con los de uso cotidiano hallados en los lugares de habitación, aunque en los conjuntos funerarios aparecen con una proporción diferenciada; siendo quizá éste el motivo por el que genéricamente se han interpretado como objetos de carácter personal, destinados a servir al muerto en la vida del más allá.
Con todo, y a pesar de recibir un tratamiento generalizado, para determinados materiales se han esgrimido interesantes propuestas que permiten vislumbrar una compleja organización en el conjunto de las prácticas mortuorias, trascendiendo la mera deposición del cadáver acompañado de sus objetos personales. Sin embargo estas cuestiones no e han planteado con la solidez suficiente como para llegar a consolidar un cambio sustancial en el conocimiento de esta parcela del ritual funerario, volviendo siempre a la consideración de tales elementos como bienes que conforman el ajuar.
En el conjunto de materiales que integran el ajuar también se incluyen los restos faúnicos que de manera habitual se han identificado con ofrendas alimenticias, en cuyo caso, se produciría la entrega de porciones cárnicas para cubrir las necesidades del difunto que se suponen análogas a las que tenía en vida. Para ello se seleccionan las mismas especies animales que intervienen de forma ordinaria en la alimentación, por una parte animales domésticos: cabra, oveja y cerdo; por otra: mariscos, moluscos y peces. Este tipo de manifestaciones debe implicar necesariamente una creencia en la vida de ultratumba donde, en alguna medida, la existencia del individuo se prolonga, constituyendo el propio hecho de la muerte un nexo entre ambas esferas de la existencia, o bien un acontecimiento de transición. Sólo los perros han recibido un tratamiento netamente diferenciado del resto de la fauna, del que prácticamente se ha excluido su uso como ofrenda alimenticia, asimilándose con al idea de "animales guías o compañeros del muerto".
Todo apunta a que los individuos fallecidos siguen formando parte de la comunidad, de tal forma que los muertos no se desligan del acontecer cotidiano. Quizá por esta razón, se entrega a los muertos aquellos objetos que en vida le fueron corrientes: objetos personales que constituyen el ajuar mortuorio, ya sean los propios que el individuo poseyó, ya otros nuevos que la comunidad produce específicamente para ellos. En este grupo han de incluirse también las "ofrendas alimenticias".
El mantenimiento de los lazos que unen a vivos y muertos se manifestaría en la realización de los mencionados "banquetes" o "comidas rituales", que evidencian un marcado carácter de homenaje a los antepasados. Este tipo de celebraciones parece conllevar una temporalización que trasciende el momento del óbito, pasando a ser una expresión que remarca los vínculos intergrupales. En la visita a los sepulcros se llevaba a cabo la celebración de las comidas rituales, como un elemento más de todo el complejo ceremonial inherente a las creencias de estas poblaciones, en el que además, los animales parecen adquirir un especial protagonismo. No en vano los restos de las especies domésticas de los guanches se localizan de forma muy recurrente en los ámbitos sepulcrales.
LOS EMBALSAMAMIENTOS
En pocos lugares de la tierra se ha practicado la momificación de los cadáveres. En la antigüedad sobresale Egipto, el Perú y los guanches canarios. El estilo de embalsamamiento de los guanches parece estar influenciado por el tipo más arcaico usado en Egipto.
El embalsamamiento parece ser un signo externo de categoría social. Existían personas especializadas en este oficio. La técnica de momificación fue detalladamente expuesta por Fray Juan Abreu de Galindo (S.XVII): "Cuando morían, tenían esta costumbre y orden en sus entierros, que había hombres y mujeres que tenían oficio de mirlar (embalsamar, secar) los cuerpos, y a esto ganaban su vida, de esta manera que, si moría hombre, lo mirlaba hombre, y la mujer del muerto le traía comida; y si moría mujer, la mirlaba mujer, y el marido de la difunta le traía la comida; y servían éstos de guardar el cuerpo difunto para que no le comieran los cuervos, guirres y perros. Y la manera de mirlar los cuerpos era que llevaban los cuerpos a una cueva y los tendían sobre las lajas y les vaciaban los vientres, y cada día los lavaban dos veces con agua fría las partes débiles, sobacos, tras las orejas, las ingles, entre los dedos, las narices, cuello y pulso. Y después de lavados, los untaban con manteca de ganado y echábanles carcoma de pino y de brezo y polvos que hacían de piedra pómez, para que no se dañasen. Y, estando el cuerpo enjuto sin ponerle otra cosa, venían los parientes del muerto, y con cueros de cabras o de ovejas sobados los envolvían y los liaban con correas muy luengas, y los ponían en las cuevas que tenían dedicadas para ello, cada uno para su entierro y esto tenían los inferiores del rey, que donde quieran que morían, lo habían de llevar su sepultura, donde tenía sus pasados; a los cuales ponían por su orden, para que se conociese y así los ponían fajados y sin cubrirles con cosa encima".
CONCLUSIONES
Frente a las ideas que defendían el aislamiento del territorio insular, es de manifestar la existencia de unas gentes que a lo largo de un amplio marco temporal (al menos desde los siglos IV-II antes de nuestra Era) habitaron este espacio, supieron explotar sus recursos, establecieron y siguieron unas normas sociales de comportamiento que condicionaron sus formas de vida y sus relaciones interpersonales, y, sin duda, fueron protagonistas de unas manifestaciones culturales plenamente asimilables a lo que se le ha denominado como formación social de los guanches.
Estos grupos humanos pudieron y supieron incorporar la naturaleza a su entidad como colectivo social. Así, la organización del sistema productivo permitió un óptimo aprovechamiento de los recursos ofertados por su entorno, especialmente de aquellos que posibilitaron su consolidación y proyección de futuro.
La propia identificación del grupo con su entorno, o, en otras palabras, la definición de un territorio social, es la prueba más significativa de la incorporación del contexto espacial a la propia configuración de la formación social.
Vivos y muertos, los lazos y las normas que internamente rigen al colectivo o la familia, las relaciones con las gentes asentadas a mayor o menor distancia, etc., hacen posible la vinculación del grupo con el territorio que identifica consigo mismo.
BIBLIOGRAFÍA
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GONZÁLEZ ANTÓN, R.; TEJERA GASPAR, A. (1.990): "Los aborígenes canarios. Tenerife y Gran Canaria". Madrid.
HERNÁNDEZ HDEZ., PEDRO (1.986): "Natura y Cultura de las Islas Canarias". Santa Cruz de Tenerife, Tercera Edición.
TEJERA GASPAR, A. (1.988): "La religión de los guanches". Santa Cruz de Tenerife.
ENTERRAMIENTOS EN PUEBLOS DE KENIA
Carlos Gustavo Falcón Perera
LOS LUO
Los Luo, que pertenecen a un pueblo más amplio, comúnmente conocido como los Nilotes, ocupan la región del Lago Victoria, en Kenia occidental. Los Luo son una comunidad igualitaria. Sus valores igualitarios constituyen el elemento subyacente en la conducta distributiva de muchos tipos, incluyendo las contribuciones a las bodas, a la riqueza de la novia, a los funerales, a los préstamos interfamiliares de ganado y a los costes de la escolarización. Los Luo son un pueblo que otorga un importante perfil público a los hombres. Por lo tanto, cuando un hombre muere es difícil entender que pueda ser enterrado fuera de su comunidad.
Los Luo ven la muerte como una crisis en la vida, un rito de transición. Cuando las personas mueren, no se separan de su clan, sino que su apariencia física se transforma en un ser espiritual de su mismo clan. El tránsito hacia lo espiritual se expresa como un elemento en el ciclo vital del individuo, que se realiza a través de una serie de ritos funerarios.
En la cultura Luo, la posición social de una persona determina cómo y dónde será enterrada. El lugar del entierro difiere según sea el lugar y el modo en que la persona fallece. Aquellos que han llegado a una edad que se considera madura para el matrimonio, pero que no tienen hijos, no reciben un entierro de acuerdo a su posición.
En la tradición Luo, a las mujeres no se les permite llevar a cabo la ceremonia del entierro en sí. Si la esposa de un hombre es de otro lugar, diferente del marido, no se le permite a la mujer enterrar al marido ya que el clan teme graves consecuencias si se rompe con la tradición.
Cuando una persona muere entre los Luo, se enciende un fuego funerario, o magenga. Se deja que este fuego arda durante seis o siete días. Mientras tanto, el cuerpo del difunto yace expuesto cuatro días, si se trata de un hombre. En el caso de una mujer, se deja encendido el fuego durante tres días. El entierro tiene lugar poco después. Después del entierro, se sacrifica un gallo para los parientes políticos del muerto en el fuego funerario. A la mañana siguiente, los vecinos y los parientes acuden con vacas que serán sacrificadas. Durante el tiempo en que el fuego está ardiendo, los hijos del muerto se sientan en torno a él mientras sus mujeres van a dormir a casa del difunto. Las relaciones sexuales están prohibidas. El hecho de que las mujeres se agrupen, supuestamente asegura que nadie mantiene relaciones sexuales durante este período de duelo. Se cree que el sexo durante el período de duelo puede provocar la muerte de uno de los hijos.
A comienzos de siglo, una viuda Luo se quitaba ritualmente la apariencia externa, el chieno, que su marido le había regalado al casarse. Durante el funeral, ella reemplazaba aquel vestido con el okola, hecho de fibras de plátano, que la definía como una mujer en duelo. Más tarde, el okola sería reemplazado por un nuevo chieno que le pudiera regalar un nuevo marido. Hacia finales de 1920, este tipo de vestido había cambiado, en gran parte debido a la influencia del cristianismo
Se requiere un número mínimo de animales para ser sacrificados en un funeral Luo. Éstos son: un toro para los ancianos, un toro para los yernos, un toro o un chivo para la mujer o los parientes de la mujer y un chivo macho para los parientes maternos. Para los yernos, la ceremonia también incluía un pollo, "gwend mageng'a", que será consumido a media noche. Sin embargo, el verdadero número de animales sacrificados también depende de la posición socioeconómica del fallecido. Si ésta es alta, se prescribe que se sacrifiquen más animales. La Huno, oración ritual del grano, también tiene lugar después del entierro. Las mujeres visitan a los hombres del clan para recolectar granos y fabricar cerveza que permitirá a los deudos volver a sus casas.
LOS ABAGUSII
Los Abagusii son una comunidad de habla Bantu que ocupa la rica y fértil región agrícola al oeste del Gran Valle del Rist. Las tierras altas de los Gusii es un área densamente poblada, lo cual obliga a la gente a subdividir la tierra en pequeñas parcelas. Por tradición, los hijos heredan parte de esta tierra. Es una herencia patrilineal. La familia se extiende más allá de la unidad nuclear para formar una unidad económica más amplia que conforma la familia ampliada.
Al igual que los Luo, los Gusii tienen ritos de transición que representan las diferentes etapas del desarrollo de un individuo. Éstas son: nacimiento, circuncisión, matrimonio y muerte. Los diversos ritos de transición inician a los Gusii como miembros de la comunidad, tanto dentro de la familia nuclear como de la familia.
Cuando una persona muere, el funeral se celebra en su hogar. Cada hogar rural entre los Gusii se identifica con un hombre, aunque cada casa se identifica con una mujer casada, que podría ser una madre, mujer o nuera. Las mujeres cocinan, duermen y crían a sus hijos en esta casa. Una casa Gusii tradicional consta de dos habitaciones: la habitación interna, que es la habitación de la mujer y en la que hay una chimenea de tres lados, y que es también el lugar donde duerme; y una habitación exterior, donde su marido entretiene a sus huéspedes con comida y con la cerveza tradicional, la amarwa. Los rituales como los sacrificios se celebran aquí.
Cuando muere una persona anciana, las disposiciones del entierro comienzan en cuanto el primero de los parientes recibe la noticia. La verdadera excavación de la fosa no comienza hasta el día en que el muerto es enterrado, lo que contrasta con los Luo, que cavan la fosa la noche anterior al día del entierro. Respetando la costumbre de la herencia patrilineal de la propiedad, los hombres llevan a cabo la ceremonia del entierro. A las mujeres no se les permite acercarse a la tumba. La persona elegida para hacerse cargo es el nieto del muerto (el nieto mayor, si hay varios). Si el nieto es demasiado joven, puede ocupar su lugar el nieto mayor del hermano del muerto; de otra manera, el hijo del fallecido se ocupará de esta función. Esto es una parte especialmente importante de la ceremonia. La persona responsable tiene un derecho especial al emonga del muerto (la tierra que no se dividirá entre sus mujeres), el ganado y otras propiedades.
Después de que se cava la tumba y se deposita el cuerpo en su interior, la primera persona que debe lanzar tierra es el nieto o el hijo, el que esté a cargo de la excavación de la fosa. Suele ser el nieto mayor el que tira la tierra, aunque sea demasiado joven. Este solo acto le da derecho a heredar parte de la propiedad (emonga) del muerto. Una vez que al acto de lanzar la tierra ha finalizado, los que han cavado la fosa la llenan de tierra y la apisonan para dejarla como terreno firme a medida que la llenan.
Al anochecer se sacrifica un macho cabrío. Éste suele ser del mismo sexo que la persona fallecida. Esto se hace con la "intención de aplacar a los muertos y para que su ira no provoque aflicciones a los que les han sobrevivido en el hogar rural". Es posible que a la mañana siguiente sacrifiquen un segundo macho cabrío.
Los miembros de la risaga de la persona fallecida, es decir, la comunidad de vecinos de la casa de la persona muerta con la que mantenía relaciones de trabajo recíprocas, se reúnen en la casa del fallecido. Durante este período no se trabaja en la casa del difunto ni en las tierras de los vecinos. Si el fallecido era un hombre, otros hombres traen su ganado y sus armas al funeral y las mujeres traen alimentos. Se permite que el ganado pase por encima de la tumba del hombre muerto. Esto simboliza la importancia del principio patrilineal. Sin embargo, algunas prácticas culturales han cambiado a lo largo del tiempo. Por ejemplo, actualmente el ganado de otros hogares no es conducido a la casa del muerto, pero las mujeres siguen trayendo alimentos.
CONCLUSIONES
Las ceremonias funerarias Luo traen consigo grandes celebraciones. Se necesita un cierto número mínimo de animales para sacrificar durante o después de la ceremonia funeraria. De hecho, las ceremonias de entierro Luo tardan varios días y comprenden muchas transacciones económicas. Puesto que la familia del deudo no puede proporcionar todos los animales requeridos para los sacrificios, algunos de ellos son aportados como contribución por los vecinos y parientes para estas ocasiones.
Esto significa una inversión económica por parte de quienes contribuyen. Se espera que si la mala fortuna llegara a caer sobre éstos, los vecinos y amigos serían recíprocos y proporcionarían animales a su vez para el sacrificio. A los funerales asisten muchas personas y a la familia del fallecido le es imposible alimentar a todos. Por lo tanto, los vecinos proporcionan una cierta ayuda económica que permite a la familia en duelo afrontar esta situación.
Tradicionalmente, la viuda de un hombre es heredada por su hermano. Esta observación del levirato da al hombre que hereda a la viuda una mayor fuerza de trabajo en la familia. En lugar de dejar a la mujer abandonada a sus propios medios, es devuelta a la red de la familia ampliada. Esto asegura que la mujer y los hijos del fallecido serán cuidados. Si el difunto tuviese esposa pero no tuviese hijos, es responsabilidad del nuevo marido tener hijos con la viuda para perpetuar el linaje del muerto. Estos hijos pertenecen al padre social (al muerto) y no al padre biológico.
En una ceremonia funeraria Luo las mujeres realizan transacciones económicas mientras al mismo tiempo lloran al muerto. Con respecto a esto, las ceremonias funerarias Luo son diferentes de las que existen entre los Abagusii. En éstas, sería una falta de respeto al fallecido ocuparse de tales transacciones económicas. Una persona que hace esto será probablemente acusada de ser responsable (o "causar") la muerte de la persona que está siendo velada.
Entre los Abagusii las ceremonias funerarias sí comprenden transacciones económicas, pero éstas están directamente relacionadas con la ceremonia y no incluyen el tipo de transacciones de las que se ocupan las mujeres Luo. El primer nieto, el que por tradición es responsable de enterrar al muerto, recibe parte de la propiedad de éste. Nadie más tiene derecho a esta propiedad; es suya en virtud de la función que cumple. Se otorga una gran importancia a los deberes de este nieto. Por lo tanto, el niño debe ser adecuadamente compensado. Esta compensación se presentará bajo la forma de recompensas económicas. Si él se negara a desempeñar su papel, se consideraría que el entierro no se ha realizado adecuadamente. Se cree que el espíritu de la persona muerta volverá para perseguir a los vivos.
Los Abagusii suspenden sus actividades agrícolas en las tierras vecinas. Esta suspensión rige hasta que el muerto ha sido enterrado. Uno o dos días después del entierro, los vecinos, la gente que pertenece al risaga, viene a colaborar en los trabajos agrícolas. Esto sucede varios días después de trabajo perdido, especialmente para la familia del difunto. Reunir los recursos de la fuerza de trabajo es importante porque ayuda a la familia a recuperar parte de las actividades agrícolas perdidas. Constituye una actividad dependiente del tejido social y económico local.
Las razones económicas constituyen un factor importante, tanto para las ceremonias funerarias de los Luo como de los Abagusii, y que una explicación materialista cultural tiene ascendencia sobre explicaciones rivales. Los factores económicos influyen en la conducta de la gente antes y durante la ceremonia del entierro. Estos factores son: herencia de la tierra antiguamente propiedad del difunto; la propiedad tradicional que hereda el primer nieto del muerto entre los Abagusii; la herencia de la propiedad y de la mujer entre los hombres parientes de los Luo; y el establecimiento de obligaciones recíprocas dentro de la red de parentesco, así como en la red fuera de la familia ampliada. Al colaborar en las ceremonias funerarias de un vecino, se establecen unas buenas relaciones sociales con los demás. La buena vecindad les asegura apoyo en tiempos de necesidades.
BIBLIOGRAFÍA
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SHIPTON, P., 1989. Bitter Money: Cultural Economy and Some African Meanings of Forbidden Commodities. American Ethnological Society Monograph Series No. 1. American Anthropological Association.
CITAS, POEMAS Y SENTENCIAS PARA MEDITAR
Por una sahara de nieblas,
caravana de la noche,
el viento dice a la noche
tu secreto.Y el eco, búho a intervalos,
te lo trae de vuelta ciego
- paños de la noche - ciego.Mundos fríos bajo lunas,
de saberlo a eternidades
y niebla, se están muriendo.De niebla de poco a poco
te va parando a ti yertos
pies y manos, corazón
- farolillo de tu pecho,
verbena de junio, al río -.De niebla que un hoyo negro,
engualdrapado de espantos
- martillo del eco, viento -
cuévano de claridades,
sombrante está construyendo.( Dámaso Alonso ). Morir.
EL LIBRO DEL MES
Esta sección nos acerca puntualmente libros de interés en el campo de la Tanatología.
Scheper-Hughes, Nancy. (1997) La Muerte sin llanto. Violencia y vida cotidiana en Brasil. Ariel. Barcelona.
Por Carlos Carballo Lozano
1. Introducción. Alto do Cruzeiro.
Con este nombre, o simplemente “O Cruzeiro”, se denomina al barrio desde donde Nancy Scheper-Hughes realiza su estudio etnográfico. Este barrio “ocupado”, formado por chabolas y con cerca de cinco mil trabajadores rurales se encuentra anexado a una ciudad en el extremo norte de la región cañaviera, en el linde del Estado de Panaíba, llamado Bom Jesus da Mata.
La ladera del Alto, empezó a ser “ocupada” en los años treinta, pero comenzó a experimentar un rápido crecimiento a finales de los cincuenta, cuando muchos trabajadores rurales de la región cañaviera fueron forzados a dejar sus pequeñas tenencias en las tierras marginales de las plantaciones donde habían vivido por generaciones. Los barrios de chabolas brotaron por toda la zona de plantaciones, durante esta fase acelerada de “modernización” de la industria azucarera.
2. El mundo social del cementerio.
Actualmente, en el pequeño y amurallado recinto del cementerio municipal de Bom Jesus se reproducen gráficamente las realidades sociales en conflicto de la casa, la rua y la mata ( la casa grande feudal, las calles de la ciudad moderna y el campo) y sus definiciones respectivas de persona, individuo y no entidad anónima.
Cuando se entra en el cementerio municipal de Bom Jesus lo primero que transmite es su densidad. En primer lugar destaca la vila nobre, la sección aristocrática, grandes mausoleos de piedra blanca, reproducciones en miniatura de las casas grandes de las plantaciones. Aquí los ataúdes descansan en bancos de cemento sobre el suelo, la forma preferida de entierro, puesto que la gente de Bom Jesus tiene un miedo atroz a “ir a la tierra” o “ir al agujero” y “ser comidos por los gusanos”. Por ello, prefieren una sepultura sobre el suelo. También tienen miedo a ser enterrados vivos (debido a acontecimientos del pasado relacionados con la Malaria), por lo que suelen dejar el ataúd sin clavar y hacer un velatorio de una noche.
Otros mausoleos han sido construidos para parecer capillas familiares, con altar y lámparas votivas. Con el paso del tiempo, los restos desintegrados pasan a una urna o recipiente de cerámica y se ponen a un lado, dejando espacio para nuevos ocupantes.
Por otro lado, la rua burguesa del cementerio, es una representación de la ciudad moderna con una calle pavimentada a lo largo de la cual se disponen tumbas individuales con lápidas personalizadas. Aquí la noción tradicional de persona da paso a la noción moderna de individuo, liberado de constreñimientos familiares. Estas sepulturas de mármol también están elevadas sobre el suelo y algunas tienen conductos de ventilación.
Además de las anteriores, está la mata, el campo, donde pequeños túmulos de tierra señalan las tumbas de gente pobre y anónima. Tumbas que, como mucho, apenas están señaladas con pequeñas cruces de madera y decoradas con pies de maíz en lugar de flores naturales o sintéticas. Ningún nombre familiar o individual honra estas tumbas. Anónimos en vida, portan consigo su inexistencia. Las clases pobres y humildes están destinadas a no reflejarse en el espacio fúnebre.
Los entierros de los pobres de Bom Jesus y del Alto do Cruzeiro corren a cargo del ayuntamiento y sus tumbas no son suyas en propiedad. La saturación es tal que no pueden quedarse en la tumba más de un año en el caso de los adultos y seis menos en el de los niños.
Las tumbas de los pobres son poco profundas; dos pies es lo normal para un niño. Cuando se necesita el sitio se manda a exhumar los restos. El ataúd, que es de cartón con un contrachapado, se quema. Y lo que queda del cadáver se echa en la fosa profunda llamada deposito dos ossos (depósito de huesos).
3. La buena y la mala muerte.
En la mentalidad popular, el “buen entierro” se equipara a la idea de la “muerte feliz”, en la que el alma se libera de sus atormentados sufrimientos en la tierra. No importa cuánto de miserables o humildes sean las condiciones de existencia en la tierra, el “buen católico” que vive y muere en estado de gracia tiene garantizada una “buena muerte” y, prácticamente el encuentro con Jesús, María y los santos. Pero hasta los mejores católicos pueden morir con deudas que saldar con el Todopoderoso, lo cual requiere un tiempo de parada en el purgatorio. Por eso es muy importante que le hagan un entierro decente, en una tumba que esté bien identificada, donde los seres queridos puedan encender cirios y ofrecer oraciones para ayudar a liberar el alma del purgatorio. “Ir al agujero sin un ataúd” representa la peor especie de estigma social.
Pero antes de vivir en la rua, la gente del Alto había vivido y muerto en la mata, y allí también era enterrada normalmente. Antiguamente se ponía al muerto en redes (hamacas) y eran dos personas (uno sosteniendo la cuerda por delante y otro por detrás) las que lo llevaban a la tumba. Si se trataba de un adulto, la rede estaba cerrada, con los bordes tocándose, pero si era moça o moço (virgen), la rede se quedaba abierta, ya que no tenían pecados que esconder. Los bebés iban en redes abiertas y se les dejaban los ojos abiertos, pues pronto podrían ver a Dios.
Durante todo el siglo XX las sociedades mortuorias han sido abundantes en el noreste brasileño. Se formaban comunidades rurales para que la gente pudiera ahorrarse la humillación de tener un entierro de gente pobre. La gente del Alto tiene auténtico horror a tener un funeral de “indigente”, en el cual el ataúd se detiene en la boca del hoyo.
La parodia de entierro que supone el entierro de indigente es la humillación suprema para estas personas, una mortificación que, a los campesinos les parece, se proyectará en la otra vida. Pero lo que más temen los habitantes del Alto son las citaciones policiales para identificar el cadáver de un ser querido que ha encontrado una muerte violenta o un final repentino. En el depósito de cadáveres, los desconocidos y los indocumentados están junto con los asesinados y desaparecidos. Entre estos dos tipos de muertos (los desconocidos y los de muerte violenta), los últimos están más estigmatizados, porque son muertes repentinas, mortes de repente y, por definición, malas muertes. Se dice de ellos que han muerto solos.
4. Indiferencia frente a la muerte infantil.
Aproximadamente un millón de niños de menos de cinco años mueren anualmente en Brasil o, lo que es lo mismo, cuarenta niños a la hora. Se estima que el 25% de los muertos infantiles de América Latina tienen lugar en Brasil, y entre éstas más de la mitad tienen lugar en el Nordeste, una región con una mortalidad infantil estimada en ciento dieciséis por cada mil nacidos vivos.
Los datos sobre mortalidad infantil en Bom Jesus muestran una concentración de la muerte infantil en el primer año de vida y un confinamiento a las clases sociales más pobres y marginadas. En 1989, el 96% de todas las muertes de niños eran de bebés en sus primero doce meses de vida. Aunque existen datos de diferente índole, la característica más llamativa y constante de la mortalidad infantil en Bom Jesus es su privacidad y anonimato: el 79,2% de todas las muertes de niños ocurren en casa, sin intervención médica. Esto hace que en buena medida se desconozcan las causas de la muerte.
• Ángeles- bebé.
En Brasil, desde los tiempos coloniales hasta el presente, la muerte de un bebé o de un niño/a ha sido tratada como una bendición entre las clases populares, o por lo menos, un acontecimiento aceptado sin horror. El bebé muerto era un anjinho, un querubín, una criatura inocente que moría sin causar pesadumbre porque su felicidad futura estaba garantizada. Los cuerpos de “los angelitos” se lavaban, se les arreglaban los rizos con preciosismo y se les vestía con ropas blancas o azul cielo con el cordón de la Virgen alrededor de la cintura. Se los cubren de flores y se les doblan las manos en postura orante. Se festejaba, se bebía durante toda la noche, se hacía música y bailaba.
Sin embargo, en el Bom Jesus contemporáneo, donde cada día se va al cielo un ángel-bebé, los velatorios infantiles son breves, raramente duran más de un par de horas y se dispensan con la mínima ceremonia. El velatorio es rutinario, en el mejor de los casos. No hay acompañamientos musicales, no hay canciones ni oraciones, no hay representaciones rituales de ningún tipo. No se ofrece comida ni bebida a los visitantes ocasionales.
La vida de la casa continúa con normalidad y se realizan las actividades habituales alrededor de la caja del pequeño. La responsable del velatorio suele ser la madrina o la abuela del niño, además de una mujer vieja especializada en preparar el cadáver para el entierro. Se improvisa una procesión de “ángeles” al cementerio con los chicos y chicas que están por el lugar. Los hombres rara vez asisten al velatorio, ni siquiera al cementerio.
• La muerte sin llanto.
No se derraman muchas lágrimas cuando muere un bebé en el Alto do Cruzeiro. Las mujeres dirán que el final ha venido como una bendición, como un gran alivio. “Me siento libre”, “me siento descargada”, son expresiones recurrentes. No obstante, ello no quiere decir que estas mujeres sean frías e insensibles. Las mujeres del Alto generalmente encaran la muerte infantil estoicamente, con esa especie de indiferencia, que es una reacción cultural correcta. Nadie en el Alto do Cruzeiro criticará a una madre por no llorar la muerte de un bebé. No le dirán que llorar es una reacción saludable, que es natural sentir amargura y resentimiento, o que debe hacer frente a la pérdida y reponerse del aturdimiento emocional malsano.