E D I T O R I A L
Cada vez son más las voces que se alzan en demanda de respuestas a preguntas eternas y sencillas en torno a la muerte, el morir, las pérdidas y los duelos inherentes a las mismas. Desde la convicción de que continuamente se reedifican respuestas claras y firmes que pueden ser a la par tenidas en cuenta, desde la necesidad de clarificar en la sociedad y de explicitar los sistemas formativos establecidos para que todo sea más fácil: lo cual sin lugar a dudas beneficiará no sólo en la recuperación de los dolientes, sino también en el entendimiento de las mismas. Labor por otra parte nada fácil de realizar, pero en la que cada vez más profesionales de la enseñanza se encuentran inmersos, y en la que otros muchos prefieren mirar hacia otro lado.
En la actualidad nuevas visiones de teóricos que trabajan a diario el campo de las pérdidas y el duelo descubren nuevos modos de entender y de dar significado y respuestas a las mismas, cuestión que evoluciona a pasos agigantados y de las que podemos todos desde nuestro entendimiento beneficiarnos pues repercutirá indudablemente en un mejor y más útil abordaje de las distintas situaciones, mientras que a la par profesionales de la pedagogía avanzan en la formación en estas líneas.
Actualizarnos en el entendimiento de los avances teóricos de las pérdidas y el duelo y en la formación en dichas facetas, es responsabilidad de todos, pues ello nos hace más humanos, cercanos, comprensivos y tolerantes con el otro, y podremos acercarnos más fácilmente al dolor del otro y a sus significados dejando a un lado la tendencia a dar explicaciones prematuras o huir de las suyas.
Alfonso Miguel García Hernández
DUELO. EXPERIENCIA HUMANA INIGUALABLE
Ruymán Brito Brito, Martín Rodríguez Álvaro y Alfonso M. García Hernández“Seguiremos confrontando y siendo desafiados para reconocer y dar sentido a las diferencias que han ocasionado nuestras pérdidas hasta que muramos” (Attig, 1996, p.49).
“El duelo nunca acaba. Sólo que a medida que pasa el tiempo irrumpe con menos frecuencia” (Bowlby, 1980).
“El duelo acaba cuando la persona ya no necesita reactivar el recuerdo del fallecido con una intensidad exagerada en el curso de la vida diaria” (Volkan).
“Cuando la persona recupera el interés por la vida, se siente más esperanzada, experimenta más gratificación de nuevo y se adapta a nuevos roles” (Shuchter y Zisook, 1986).
Lo que importa no es lo que la vida te hace sino lo que tú haces con lo que la vida te hace. (Edgar Jackson)
Aunque la pérdida de un ser querido es un acontecimiento que no puede escogerse, la elaboración del duelo es proceso activo de afrontamiento lleno de posibilidades. (Thomas Attig)
El duelo es el proceso de pasar de perder lo que tenemos a tener lo que hemos perdido. (Stephen Fleming)
Soy Tú, eres Yo, somos Nosotros. Hemos perdido los márgenes… soy capaz de ver con tus ojos… puedes tocar con mis manos… siento con tu corazón que es el mío… mi identidad es la tuya… Cómo imaginar la Vida sin ti, cómo imaginar “algo” sin tu presencia. ¿Acaso me sirve todo lo anterior? Moriré contigo, moriremos… y con nosotros morirán nuestros secretos, nuestras cosas, nuestras charlas… El que quede en el plano de la materia que se ocupe de renacer; será otra vida. Cuando Muera, Morirás como nosotros y volverás a ser Tú, el solitario Tú. Así que tócame, háblame, siénteme, mírame… porque eso quedará contigo.
Me pierdo intentando buscar la verdad sin disfrutar del camino; sin aprovechar la grandeza que encierra en sí misma la gran pregunta. Vivo porque vivo y sigo vivo para vivir. He de aprovechar que vivo porque muero.
Mi Sentido es amar y ser amado; disfrutar de cada latido y respiración de mi entorno. Mi Sentido es reconocerme perecedero. Mi Sentido es estar PARA vivir y estar PORQUE vivo. Mi Sentido no es buscar otras vidas tras mi muerte porque esta es la mía.
Ella nos crea el instinto de supervivencia. Gracias a su presencia aprecio la libertad. No importa si algún día fui libre, ser consciente de mi libertad condicional es la auténtica liberación.
Yo soy mi Dios en la medida que el es mi constructo, mi superyo, mi ideal creado a imagen y semejanza mía. Yo puedo existir sin Él; Él sin mí, muere.
Rodríguez Álvaro, Martín; 2003
Una de las características definitorias de la VIDA es su carácter caduco. El fenómeno de la muerte, de la nada absoluta, da miedo, crea angustia y siembra ansiedad. Tengo miedo a no ser, a no estar, a no sentir,… a que no estés a que no sientas, a que no seas… Somos seres mediatizados por el tiempo y él nos lleva inexorablemente a la desaparición, podré vivir la muerte del otro pero algún día tendré que morir mi vida (García, A. 2002: 61). La certeza de que vamos a morir nos llega con el conocimiento de la muerte de los otros, a todos, en un momento determinado nos llegará el fin.
Los conceptos (vida y muerte; morir y vivir) se entrelazan entre sí en una relación interdependiente donde es imposible llegar a definir uno sin la presencia del otro. En muchas ocasiones por mecanismos de ¿autodefensa? olvido que esta vida terrenal se caracteriza por ser finita y, al intentar describirla, me encuentro con la paradoja de que Tú eres mortal lo que te llevará a la desaparición más absoluta; pero Yo, querido amigo, soy diferente y esa cosa (La Muerte) difícilmente me alcanzará (¿o sí?). Mi muerte para mí no es por tanto la muerte de alguien, sino que es una muerte que trastorna al mundo, una muerte inimitable, única en su género y que no se parece a ninguna otra. ¿Cómo negar entonces que la cláusula egocéntrica de la primera persona sea una cláusula irónicamente esencial? (Jankélévitch, V. 2002: 34). Y es que Nos horroriza el rostro de la muerte en nuestros seres queridos pero lo admitimos en los rostros ajenos porque nos decimos: “eso sólo le pasa a los otros”. Con esta idea alejamos la muerte de nuestro entorno pero no a los muertos (Allué, M. 2002: 194).
Creemos en una visión de la vida como proceso en el que acontecimientos de distinta índole confluyen entre sí (perteneciendo a una misma naturaleza y esencia, caracterizando al individuo) dibujados y construidos en un marco sociocultural, caracterizado por una serie de círculos mutables con epicentro el individuo que se mezclan, pierden y ganan márgenes, destruyen unos a otros, cobran fuerza, desaparecen, se difuminan, chocan, viven, mueren…).
El ser se siente único e inimitable, de tal manera que acontecimientos que suceden a todos, los vivimos como propios y nuevos, ¡No tener nada en común con los hombres salvo el hecho de ser hombre!; (E. M. Cioran, 1987: 40). A pesar de pertenecer a una misma especie, tener una misma cultura y estar situados en el mismo contexto geográfico; estamos inmersos en nuestra propia singularidad, luego mi muerte siempre será la mía, nunca comparable a ninguna otra. Citando a Martín Heidegger, Nadie puede tomarle a otro su morir (…) El morir es algo que cada “ser ahí” tiene que tomar en su caso sobre sí mismo. La muerte es, en la medida en que “es”, esencialmente en cada caso la mía (Heidegger, M. 1927: 262).
Entendemos al ser como constructor de significados y al duelo como la reconstrucción de un mundo particular de simbolizaciones que la pérdida ha amenazado. La pérdida de una relación de apego íntima a causa de la muerte supone un profundo desafío a nuestra adaptación como seres humanos (Neimeyer, R; Prigerson, H; Davies, B; 2002: 114). En el duelo, con la intervención activa del doliente, se ha de producir esa lucha por la adaptación reestableciendo el mundo; volviendo a aprender, dando sentido y reelaborándolo (construir, deconstruir y reconstruir).
El individuo, construye su vida encuadrado en una sociedad caracterizada por una cultura que, unida a creencias, nos dará el significado y sentido de nuestras construcciones. Pese al carácter globalizador de nuestros días, el morir como concepto y la muerte como hecho, siguen situándose en la influencia de la espiritualidad y la cultura. Atendiendo al Catedrático del Departamento de Prehistoria, Antropología e Historia Antigua de la Universidad de La Laguna, Francisco Díez de Velasco, la historia ofrece una senda de relavitización al mostrar cómo el morir puede no presentarse por medio de relatos homogéneos dentro de una misma sociedad (Díez de Velasco, F. 2002: 177). Sugerimos que el fenómeno del significado del duelo debe, además, estimular la investigación interdisciplinar, lo cual conlleva ricas implicaciones para los seres sociales que intentamos comprender desde nuestros diferentes puntos de vista disciplinarios el sentido vivido y humano de la pérdida y el duelo.
Tras la pérdida, distintos sucesos confluyen amenazando nuestro mundo, nuestros significados; desde vivencias espirituales (muchos se acercan o se alejan de la religión; tienen sentimientos de presencia, oyen su voz, los sienten cerca…), sucesos emocionales y afectivos (con su muerte se muere una parte de nosotros), procesos biológicos (con síntomas como taquicardias, opresión en el pecho, insomnio, malestar, temblores,…); todos ellos, como decíamos antes, dibujados y construidos en un marco sociocultural (por un lado, con la muerte llega también la muerte del rol que desempeñas; por otro, la cultura, ofrece instrumentos que ayudan o no a superar la pérdida).
El duelo, como experiencia humana, es en parte natural y en parte construido, reflejando nuestra respuesta a la pérdida, nuestra herencia evolucionista como seres biológicos y sociales, nuestra herencia humanista y o sacralizadora de la vida y del entendimiento de la misma, bajo la mirada que da sentido a la interrupción de los lazos de apego necesarios para nuestra supervivencia. Desde las distintas miradas posibles, los seres humanos responden a la pérdida de un ser querido tanto en el nivel simbólico como biológico, atribuyendo significados a los síntomas de separación que experimentan, así como a los cambios de la identidad personal y colectiva que acompañan la muerte, desde la diversidad o pluralidad que condiciona los miembros de la familia o de una comunidad más amplia, donde la socialización contribuye enormemente a consolidar las posiciones, por lo que la respuesta a la pérdida está condicionada desde posicionamientos sociológicos del duelo en unos marcos de referencia culturales y comunales englobadores, y donde psicológicamente se atribuye esa respuesta a la interrupción de las relaciones y supuestos personales que sostienen el sentido del individuo, y psiquiátricamente se ve como un proceso cuyas complicaciones pueden provocar un empeoramiento de la salud tanto física como mental que requieren intervención (Neimeyer, R; Prigerson, H; Davies, B. 2002: 111)
Como individuos, potencialmente dolientes y profesionales de la salud, consideramos que los seres humanos buscan el significado a la pérdida en el proceso del duelo, y lo hacen intentando construir una explicación coherente para darle a su ser querido un sentido de continuidad con respecto a quien ha sido, al mismo tiempo que se trata de integrar la realidad de un mundo que ha cambiado en su concepción de quién debe ser ahora. “De pronto ya no somos los mismos en un mundo que no es el mismo” y hemos de restablecer ese mundo que la ausencia del ser querido ha transformado. Si incorporamos la realidad de los acontecimientos traumáticos a nuestro mundo revisado de creencias y les damos un significado personal, dejaremos que la tragedia nos transforme, haciéndonos “más tristes pero más sabios”. (Neimeyer, R. 2002: 74)
La perspectiva del duelo que defendemos es la que, esperamos, muestre la pérdida como una experiencia humana básica, aunque desde sus múltiples facetas, difíciles en ocasiones de concretar. Sin embargo, a lo largo de la historia, se han prodigado clasificaciones diversas y estereotipadas que en ocasiones más que beneficiar han perjudicado.
Las teorías tradicionales del duelo, han partido de razonamientos implícitos que no benefician en toda su dimensión a los dolientes, al considerar la muerte y la pérdida como una realidad objetiva. Preasumen que existen etapas o fases universales en la recuperación y otorgan al afligido un papel pasivo, llegando a prescribir o patologizar la pena como “anormal”. Es por eso que la principal tarea se ha concentrado, por parte de los profesionales, en las reacciones emocionales, excluyendo los significados y las acciones y enfatizando en la necesidad del retorno eficaz al funcionamiento “normal”. De este modo se ve la aflicción como una experiencia privada del individuo aislado.
Creemos que una teoría útil para el entendimiento de la aflicción ha de revelar la realidad personal e individual de la pérdida, concentrándose en las respuestas idiosincrásicas a la misma pérdida. Debe ser capaz de considerar a la gente enfrentándose activamente a los retos de la vida y de modo descriptivo, explorando las implicaciones de las diferentes respuestas, concentrándose en los significados apasionados que dan forma a las acciones y enfatizando hasta qué punto el mundo queda transformado para siempre por la pérdida.
Desde este nuevo enfoque se sitúa la aflicción en un contexto social o familiar determinado, trayéndolo a la individualidad humana.
Los seres humanos, como constructores de significado, permiten y posibilitan que nuestras percepciones estén cargadas de esperanzas, anticipaciones, emociones, filosofías y convicciones, y que impongamos incluso orden a los acontecimientos desconectados, de modo que distinguimos patrones fiables en el mundo que nos rodea y en nuestro propio mundo interior. Todo ello desde un entendimiento de las líneas de la vida que nos guían, tanto interiores como exteriores.
Estamos “condenados” al significado tal como refiere Sartre. Pero, ¿desde qué actitud hemos de abrirnos a este mundo del otro?.
En palabras de Kelly, desde la Humildad epistemológica: “Lo que creemos saber está anclado en nuestras presuposiciones, no en la verdad en sí misma, el mundo que intentamos entender permanece siempre en el horizonte de nuestros pensamientos”.
Nuestro encuentro con el otro, con el sufrimiento y el dolor humano se puede concebir como una lucha en pos de creencias que abran posibilidades, o en contra de creencias que restrinjan una implicación constructiva en la vida, tal como promulgan las visiones tradicionalistas. Concretamos que el ser humano construye significados mediante logros interpretativos y lingüísticos y que, mediante el lenguaje articulado a través de las conversaciones, avanza en la relación construyendo posiciones subjetivas que, expresadas a modo de voces en la dimensión temporal, constituyen narrativas propias e identitarias. Ello hace que las narrativas pasen a ser no sólo el producto en la construcción del individuo sino a la vez el proceso, y de ahí la importancia de las mismas.
Por ello que la experiencia narrativa del ser humano, su historia vital y sus creencias ordenen nuestra experiencia a lo largo de una dimensión temporal, teniendo en cuenta un flujo inacabable de acontecimientos de un modo personalmente significativo. Esta serie de esquemas narrativos que hemos de licitar y deconstruir (de modo que desentrañemos las líneas dominantes, subdominantes o alternativas) nos ayudarán a fomentar la reflexividad del ser humano que nos cuenta su historia, su vida, su sentido, acercándonos su mundo del adentro y del afuera.
Solemos estar poco dispuestos a abrazar el dolor que provoca la pérdida el tiempo suficiente para aprender las lecciones que nos enseña y tendemos a seguir ciegamente hacia delante, intentando satisfacer las demandas de la realidad externa sin hacer caso del ritmo que marca nuestro interior. (Neimeyer, R. 2002: 71)
Las investigaciones contemporáneas que tienen como sujetos a individuos que han sufrido pérdidas nos enseñan algunas lecciones.
Según Stephen Shuchter y Sydney Zisook (Shuchter, S.R. y Zisook, S. 1993:23-43), la mayoría de viudos y viudas dicen que siguen sintiendo la presencia del cónyuge fallecido durante el primer año después de la muerte y una minoría significativa dice “hablar” regularmente con él. Además la gran mayoría de estos supervivientes encuentra consuelo en esta presencia, que no les resulta en absoluto molesta y les anima a seguir adelante con su propia vida en lugar de quedarse estancados en el pasado. Susan Datson y Samuel Marwitt (Datson, S.L. y Marwitt, S.J. 1997:131-146) comentan hallazgos parecidos; el 60 % de los individuos que han perdido a un ser querido percibe su presencia en los dos años siguientes a su pérdida. La mitad de este porcentaje tiene una percepción inespecífica de esta presencia, como la sensación de que la persona está sentada al pie de sus camas. Pero alrededor de un 20 % dice haber visto u oído a su ser querido, un 10 % dice sentirle físicamente y un 4 % dice sentir su olor. Aproximadamente un 80 % de estos “perceptores” dice encontrar cierto consuelo en la experiencia y sostiene que no le molestaría seguir teniendo este tipo de “contacto” en el futuro. Es algo así como la presencia de la ausencia.
Podemos decir que la percepción de la presencia del fallecido sugiere que constituye un aspecto relativamente común del proceso de duelo, en lugar de representar un indicio de psicosis o patología, como podían sugerir anteriores teorías sobre el duelo. Por todo ello, la muerte, en lugar de poner fin a las relaciones, las transforma.
No parece tan necesario distanciarse de los recuerdos del ser querido como abrazarlos y convertir una relación basada en la presencia física en otra basada en la conexión simbólica (por ejemplo a través de un objeto personal del fallecido, de un lugar, de una forma de pensar...) (Neimeyer, R. 2002: 75)
Debemos reinventarnos a nosotros mismos. El ser humano no se concibe como un ente aislado, somos seres sociales que construimos nuestras identidades alrededor de las personas más importantes en nuestras vidas y, por ello, una parte de nosotros muere cuando perdemos a un ser querido. Ya no volverá a estar ahí ese fondo compartido de experiencias y recuerdos. La muerte y la pérdida deterioran los hilos de las conexiones que definen quiénes somos, que sólo podemos reparar con esfuerzo y de manera gradual, estableciendo otras formas de conexión con lo que hemos perdido, así como con el nuevo mundo al que nos vemos abocados.
Es muy importante considerar el abordaje del duelo enfocando al doliente como miembro de un entramado social, cultural y familiar del que forma parte y no como un individuo aislado. Con respecto a esto, Worden dice: “... la mayoría de las pérdidas significativas se producen en el contexto de una unidad familiar, y es importante considerar el impacto de una muerte en todo el sistema.
La mayoría de las familias tienen algún tipo de equilibrio homeostático y la pérdida de una persona significativa en ese grupo familiar puede desequilibrar dicha homeostasis y hacer que la familia sienta dolor y busque ayuda.” (Worden, W., 1997: 161)
Aunque la pérdida tiene sin duda un profundo significado personal y debemos respetar la necesidad de “elaborar” en privado parte de nuestro dolor, vale la pena recordarnos a nosotros mismos que gran parte de esta elaboración tiene que ver con la reafirmación, el fortalecimiento y la ampliación de nuestras conexiones con los demás.
Vivimos nuestras vidas como historias, como narraciones. Tienen comienzos, desarrollos y finales. Tienen una estructura argumental propia y diferenciada; una secuencia de acontecimientos llena de significados que ponen de manifiesto quiénes somos y dan forma a aquello en que nos convertimos. Todos y cada uno de nosotros queremos vivir vidas significativas. Sobre esto, Lorraine Sherr, referenciando a Bécker, dice que: “... los seres humanos, al igual que las culturas en su totalidad, manejan el terror a la muerte a través de generar sistemas de inmortalidad simbólica en los que el individuo puede contemplarse a sí mismo como un punto de valor primario frente a la muerte. Tales sistemas de inmortalidad simbólica legitiman un mundo con significado, del cual ellos forman parte. Por un lado, el terror a la muerte es el ímpetu para la creación de significado y de acción. Por otro lado, es este terror a la muerte el que también mina las estructuras mismas que el hombre se afana por crear para amortiguar su dificultad principal.” (Sherr, L., 1989: 140).
La investigación sugiere que la capacidad para compartir con otras personas los propios sentimientos e historias sobre la pérdida tiene propiedades curativas. Los supervivientes de acontecimientos traumáticos que pueden confiar a otros su experiencia presentan mejoras en la salud física y psicológica, van menos al médico, tienen menos signos de estrés y dicen sentirse menos deprimidos y superados por su desgracia. (Neimeyer, R. 2002: 83-85)
Las estadísticas dicen que cada muerte afecta a las vidas de 128 supervivientes. Teniendo esto presente, lo más acertado sería vernos a nosotros mismos como individuos que formamos parte de un proceso de duelo, en lugar de como individuos aislados o familias diferenciadas que se ven afectadas por la pérdida.
Solemos resistirnos a ofrecer ayuda y comprensión por miedo a “no saber qué decir”. Incluso cuando nos acercamos a otras personas que están sufriendo, tendemos a hacerlo con la creencia equivocada de que debemos “animarlas” o darles “consejos” sobre lo que tienen que hacer para afrontar mejor la pérdida, Imposible asistir más de un cuarto de hora sin impaciencia a la desesperación de alguien. (E. M. Cioran, 1987: 48)
Pero lo más habitual es que los individuos que han sufrido una pérdida necesiten algo menos tangible pero más importante: la oportunidad de compartir sus sentimientos e historias sin sentir la presión de tener que superar rápidamente su dolor o de tener que encontrar un “remedio rápido” a un problema que no se presta a las soluciones fáciles. Aquí los profesionales sanitarios sí que tenemos la ocasión para decantarnos por uno u otro estilo a la hora de asistir y acompañar a un paciente que ha sufrido una pérdida y se encuentra en proceso de duelo. ¿Queremos salir lo más pronto posible de esta situación embarazosa porque no somos capaces? ó ¿nos sentimos preparados para comunicarnos con un paciente en proceso de duelo? ¿Es función nuestra como profesionales sanitarios?
Para entender la experiencia de la pérdida, suele ser útil reconocer su omnipresencia en la vida humana. En cierto modo, perdemos algo con cada paso que avanzamos en el viaje de la vida, donde cada una de estas pérdidas inevitables va acompañada de su propio dolor y nos afecta de una manera particular.
Tradicionalmente, se ha ofrecido una perspectiva del duelo en fases o etapas (Kübler-Ross, Bowlby, Engel, Parkes o Davidson,…). Estas teorías tradicionales, parten del supuesto de que existen estadíos universales en la recuperación tras la pérdida, otorgando al doliente un papel totalmente pasivo y llegando a patologizar la pena. Conciben, además, la aflicción como una experiencia privada del individuo aislado. En contra de esto, las nuevas teorías abogan por situar la aflicción en un contexto social. No entienden el duelo como un fenómeno estático, sino como un proceso en movimiento que reconstruye, mediante la resimbolización, un mundo personal de significados que ha sido amenazado por la pérdida. De esta manera, se revela la realidad personal e individual de la pérdida, considerando al doliente como sujeto activo.
Worden señala que, según los distintos autores existentes que abordan el tema del duelo, y puesto que el duelo es un proceso, es adecuado verlo en términos de etapas, que se han enumerado desde 9 hasta 12. Entre las dificultades de hacer este uso de las etapas está que “... las personas no atraviesan etapas en serie. Además hay una tendencia en los principiantes a tomar las etapas demasiado literalmente.” (Worden, W., 1997: 59) Por ejemplo, el uso de las etapas sobre el proceso de morir que hizo Kübler-Ross, del que muchas personas esperaban que los pacientes moribundos atravesaran literalmente dichas etapas con riguroso orden.
Sobre sus aportaciones, decir que la Dra. E. Kübler-Ross hizo un estudio y clasificación de los mecanismos de reacción que entran en funcionamiento durante una enfermedad terminal (después de investigar y visitar durante muchos años a pacientes con enfermedad terminal), clasificando las distintas fases por las que pasan los enfermos moribundos (ó etapas del proceso de morir) en: 1ª fase: negación y aislamiento; 2ª fase: ira; 3ª fase: pacto; 4ª fase: depresión; 5ª fase: aceptación. También especifica que no todos los pacientes atraviesan por las mismas etapas de manera sistemática pero que sí son características comunes a este tipo de pacientes en las cercanías de la muerte (Kübler-Ross, E., 1993: 59-177).
Por otra parte, Louis Vincent Thomas (1991: 122-127) señala en su obra la necesidad del doliente de pasar por al menos tres etapas principales en la evolución normal del duelo: Después del fallecimiento, el duelo propiamente dicho pasa, en su evolución normal, por tres etapas principales. La primera coincide con la instalación más o menos difícil en el duelo desde que se anuncia el acontecimiento; la segunda es la vivencia dolorosa, vinculada con el hecho de que no se abandona fácilmente una posición libidinal cuando la hemos investido, sobre todo si se trata de un ser muy querido; la última pone fin al duelo y determina el retorno a la vida normal.
Es importante entender y diferenciar entre los enfoques alternativos en el proceso del duelo. Un enfoque alternativo al de las etapas es el concepto de fases, utilizado por autores como Parkes, Bowlby, Sanders...
El autor John Bowlby cita lo siguiente: “Aun cuando la intensidad de la pena varía considerablemente de un individuo a otro y cambia también la duración de cada fase, existe no obstante un patrón general básico.” (Bowlby, J., 1999: 107)
John Bowlby señala que el curso del duelo se puede dividir en cuatro fases:
1. Fase de embotamiento, que dura habitualmente entre algunas horas y una semana y que puede ser interrumpida por descargas de aflicción o de ansiedad extremadamente intensas.
2. Fase de anhelo y búsqueda de la figura perdida, que dura varios meses y con frecuencia, años.
3. Fase de desorganización y desesperación.
4. Fase de un grado mayor o menor de reorganización.
(Bowlby, J., 1999:107)
Según Worden, un enfoque mucho más útil (y por el que este autor aboga) para los clínicos es el del abordaje del duelo mediante tareas, ya que las etapas y las fases ofrecen un papel más pasivo al doliente, mientras que el término tareas proporciona un papel activo más acorde a lo iniciado por Freud y deja entrever que la persona puede hacer algo por elaborar su duelo (ofreciendo una sensación de fuerza y esperanza que contrarrestan la impotencia que sienten todas la personas que han sufrido la pérdida de un ser querido).
El autor William Worden, señala la importancia de elaborar un duelo: “Después de sufrir una pérdida, hay ciertas tareas que se deben realizar para restablecer el equilibrio y para completar el proceso de duelo.” (Worden, W., 1997: 26)
Para el autor dichas tareas no deben seguir necesariamente un orden específico.
“Puesto que el duelo es un proceso y no un estado, estas tareas requieren esfuerzo y, siguiendo el ejemplo de Freud, hablamos de que la persona realiza el “trabajo de duelo”. El autor John Bowlby señala que desde las contribuciones de Freud a los problemas clínicos del duelo, “... el proceso de identificación con el objeto perdido constituye una piedra angular de toda teoría psicoanalítica.” (Bowlby, J., 1993: 52) Ya Freud consideró este proceso como un rasgo principal de todo duelo.
Usando la analogía de Engel de la curación, es posible que alguien realice algunas de estas tareas pero no otras y, por lo tanto, tenga un duelo incompleto, tal y como podría tener una curación incompleta de una herida.”
Estas cuatro tareas son:
Aceptar la realidad de la pérdida.
Trabajar las emociones y el dolor de la pérdida.
Adaptarse a un medio en el que el fallecido está ausente.
Recolocar emocionalmente al fallecido y continuar viviendo.
(Worden, W., 1997: 27-36)
Desde esta teoría constructivista sobre el duelo, más recientemente estudiada y utilizada por el profesor Robert Neimeyer, las emociones se ven como parte de nuestro proceso de construcción de significados, como manifestaciones externas de procesos de construcción difíciles de observar. Dicho de otro modo, cada sentimiento cumple una función y debemos respetarlo como parte del proceso de reconstrucción de significados, en lugar de intentar controlarlo o eliminarlo como un subproducto de la pérdida en sí misma o como una forma “disfuncional” de entenderla. Las teorías tradicionales sobre el duelo, en cambio, hacían una clasificación por etapas de estas emociones (negación, depresión, ansiedad, culpa…) que cada doliente iba experimentando con el paso del tiempo.
Por otro lado, las respuestas personales y familiares que se dan tras la pérdida se entienden mejor con el telón de fondo de las ideas comunitarias y culturales sobre la muerte y la pérdida, las expectativas sociales sobre las personas afectadas y las normas que regulan el proceso de duelo.
El otro, el cuidador, el profesional sanitario, ha de mantener siempre el respeto por la multiplicidad del significado y la variabilidad de creencias (nadie tiene la exclusiva de la verdad) en la atención al moribundo y familia, tanto en la Muerte como en la elaboración del duelo. Aún siendo especialistas en el cuidado, no podemos olvidar que es el individuo el máximo conocedor de su vida, que es él, no nosotros, quien ha de reconstruirse tras la pérdida; y que es a él a quien le tambalea su mundo simbólico de significados. Por eso, consideramos más adecuada, la adopción de una postura de “no saber” y de cultivo de la curiosidad más que la actitud de experto. Además debemos adquirir el rol de dar forma a la realidad de las construcciones de significado, en niveles que van desde lo biológico a lo psicológico, social y cultural. Él es el Experto en su vida, Tú en sus cuidados
Ante la inminencia de una pérdida inevitable es preferible estar que hacer.
Y si no sabemos qué decir, el silencio hablará por nosotros.
Tendemos a vivir día a día como si el universo tuviera un orden sencillo, comprensible para las mentes humanas y con un grado sustancial de predictibilidad y control siempre que “sigamos sus normas”.
La intrusión de la pérdida traumática en nuestras vidas hace añicos todas estas ilusiones. Aprendemos que nuestras vidas pueden verse truncadas, que no tenemos asegurado el futuro (ni siquiera el de mañana) y que a las buenas personas también pueden pasarle cosas malas. Además las pérdidas importantes también pueden cuestionar unas creencias religiosas que caracterizan a Dios como una figura paternal protectora o indulgente, produciendo una crisis de significado que no puede superarse con respuestas fáciles. Pero, sobre todo, la pérdida traumática introduce una terrible sensación de aleatoriedad en nuestras vidas, anulando la sensación de control de nuestro destino que habíamos dado por supuesta. El autor John Bowlby señala también la importancia de las causas y circunstancias de la pérdida para facilitar o dificultar el proceso de elaboración de duelo. (Bowlby, J., 1993: 192-196)
El funeral, como rito de transición, no sólo hace más patentes las duras lecciones de la pérdida, sino que también puede dar lugar al inicio del proceso de reconstrucción de un mundo de creencias que quedado devastado tras la muerte. Está claro pues que el funeral tiene una función enriquecedora para cada persona que sufre una pérdida. En cambio, cada vez más, en los ambientes urbanos, nos empeñamos en realizar un funeral lo más rápido posible, seguido de un duelo muy personal e individual, que en muchas ocasiones no nos permite adaptarnos al curso natural de la pérdida y nos impide desplegar las dimensiones básicas de las prácticas rituales.
BIBLIOGRAFÍA
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Bowlby, John (1993) La pérdida afectiva. Tristeza y depresión. Ediciones Paidós Ibérica, Barcelona (traducción de Alfredo Báez).
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Worden, J. William (1997) El tratamiento del duelo: asesoramiento psicológico y terapia. Ediciones Paidós Ibérica, Barcelona (traducción de Ángela Aparicio).
LIBROS Y CUENTOS SOBRE EL DUELO Y LA MUERTE PARA NIÑOS
TURNER, MARY (2004). Cómo hablar con los niños y jóvenes sobre la muerte y el duelo. Guías para padres. Paidós. Barcelona, Buenos Aires, México. El presente libro que nos trae Mary Turner, psicoterapeuta, trabajadora social del St. Richard Hospice, en Worcester, con amplia experiencia con niños problemáticos en hospitales y servicios sociales, es un libro de ejercicios, cuyas ilustraciones han sido realizadas por Bob Thomas, de modo que entre ambos: imágenes y texto, ayuden a los adultos las empleen como instrumento de ayuda para que niños y niñas puedan entender y superar las pérdidas de un ser querido. Creando de igual modo un medio efectivo para que niños, niñas y jóvenes comuniquen y entiendan los pensamientos y las emociones que acompañan al proceso de la muerte y la pérdida. Emociones y sentimientos en ocasiones contradictorios, confusos y dolorosos.
El presente libro planteado como una guía, pretende ser una vía para la reflexión de largo alcance, por ello mediante una escritura que resulta fácil a la lectura y un acceso sencillo tanto para niños como para adultos consigue mantener la atención propiciando la comunicación. Se divide para una más fácil lectura en 2 partes: 1ª. Para la persona que ayuda y la 2ª en la que se incluye un cuaderno de ejercicios: sobre la muerte y el morir, decir adiós y pensar en los funerales, hablar de alguien que ha muerto, pensamientos y sentimientos, miedos y preocupaciones, sueños y pesadillas, amigos, familia y escuela, recuerdos, seguir adelante.
A partir de la exploración del concepto de muerte, se plantean distintos ejercicios que abordan diferentes dimensiones del concepto de pérdida, así como los sentimientos que se generan en la misma, para culminar con unas palabras sobre el recuerdo y la superación.
"Mamá, ¿qué es el cielo?". María Shriver. Edit. Salamandra.1999. Kate va a asistir al funeral de su bisabuela, pregunta a su mamá dudas en torno a saber qué es un funeral, dónde va la bisabuela, porqué se le ve tan distinta...Su madre da respuestas del tipo "va al cielo", aunque desarrolla las respuestas en torno a la existencia del alma.
"Recuerda el Secreto". Elizabeth Kübler-Ross. Edit. Luciérnaga.1992.Trata de dos amiguitos que comparten el secreto de haber estado juntos con dos compañeros invisibles, que les enseñan "el paraíso"que existe en el otro mundo. Uno de los niños muere pero su amiguita no se entristece porque sabe que estará con aquellos compañeros. Es bastante surrealista.
"Te echo de menos". Paul Verrept. Edit. Juventud. 2001.El sentimiento de tristeza por la pérdida de un ser querido, se descubre ante un niño por la mudanza de su mejor amiga, que le recuerda también a la muerte de su abuela. Comparte con el abuelo sus sensaciones y descubre con él otra manera de relacionarse con aquellos que ya no están. Es un cuento sencillo pero muy tierno.
Cuando Hola Significa Adiós. Una guía para los padres del niño que fallece antes, durante, o poco después del parto. PAT SCHIWIBERT, PAUL KIRK. PERINATAL LOSS, 1981. 3ª EDICIÓN, 2001. 47 páginas. Enriquecido con poesías y testimonios, nos ofrece un texto de autoayuda para padres y madres, abordando, entre otros, desde síntomas físicos y emociones hasta temas como la autopsia o como escoger la funeraria. A partir de su segunda edición (1985), incluye imágenes fotográficas a fin de facilitar a los padres a percibirse con su hijo y ayudarles a crear su experiencia. Incluye bibliografía comentada, profesionales que le pueden ayudar, ...
"Berta". Paulina Vergés de Echenique. Sirpus.2001. Relata, con ilustraciones muy representativas y de colores intensos, cómo afronta una niña con cáncer y en tratamiento, la caída del pelo, gracias a que a su alrededor se aborda de una manera muy natural. Es lindo.
"Abuela de arriba, abuela de abajo". Tomie de Paola. SM.1994. Tomi, de unos 4 añitos, tiene una bisabuela y una abuela y las quería muchísimo. Narra con pequeños detalles la relación que mantiene con cada una de ellas y cómo llora cuando su bisabuela se muere, obteniendo respuestas claras de su madre acerca de si volverá alguna vez, pero la mantiene viva con su recuerdo, y de la misma manera a su abuela cuando muere.
"Se ha muerto el abuelo". Dominique de Saint Mars, S. Bloch. La Galera. 1998. Max y Lilí se enteran de la muerte de su abuelo. Es una historia donde se expresa abiertamente la tristeza y no se le oculta a los niños, permitiéndoles además despedirse de su abuelo, asistir al funeral, y todo ello en un ambiente muy natural donde cada pregunta de los niños tiene, a mi parecer, una respuesta acertada del adulto. Buen libro para aconsejar a los papás y mamás.
"¿Dónde está el abuelo?". Mar Cortina, A. Reguero. Tándem. 2001. Muchas dudas tiene la pequeña protagonista acerca de adónde ha ido su abuelo que hace días que no lo ve. Las respuestas de sus padres no la convencen y cree que volverá, pero tarda demasiado, aunque ella lo siente dentro de sí. Las reflexiones que hace son posibles cuando nadie le ha aclarado qué ha pasado realmente. Es un cuento ingenioso.
"Estirar la pata o cómo envejecemos". Babette Cole. Ed. Destino. 1996. Una forma muy divertida de explicar todo el ciclo vital, sin meterse en historias filosóficas sobre qué hay después de la muerte o en qué nos convertimos.
"La vida y la muerte". Piruletas de Filosofía. Brigitte Labbé, M. Puech. S. M. 2002. (a partir de 8 años). Un libro muy divertido que ayuda a los niños a pensar e introducir a los niños en el mundo de las ideas. Aconsejable también para adultos.
"¿Por qué, Charlie Brown, por qué?". Charles M. Schulz. Ed. Junior. 1993. Habla de las repercusiones que tiene la enfermedad de Janice (una leucemia), sobre su familia, compañeros de colegio y sobre todo, sus amigos. Tiene mucha sensibilidad y ternura.
"Libro de la vida. Libro de la otra vida". María M. Vassart, A. Comella. Montena. 1996. Narra todo nuestro ciclo vital incluso desde antes de nacer y después de la muerte con un lenguaje sencillo y natural a través de una conversación entre un niño y su madre. Da una visión espiritual del antes de nacer y del después del morir. Original la presentación como libro reversible por su simbolismo.
"Papá, explícame el cuento de la vida". Antón Layunta. Integral. 2002. Nos habla metafóricamente a través del cuento de la metamorfosis de una crisálida, del proceso de adaptación a los cambios y por tanto, a las pérdidas.
“L’enterrament”. Cadevila, R; Gaudrat, M. A. Colección Els dies diferente.. Ed. La Galera. Barcelona. 1987. La guionista Graudat es una autora francesa, la cual nos acerca la historia del enterramiento gracias a las ilustraciones realizadas y adaptadas para esta edición catalana de Roser Capdevila.
”Si te mueres, ya verás adónde vas”. Calleja, S. Editorial Luis Vives. Zaragoza. 1994. El autor, profesor y estudioso de la literatura infantil, ahonda con maestría y extraordinaria delicadeza en las emociones e inquietudes de sus personajes. La protagonista, una niña llamada Aiala ingresa en el hospital, de lo cual se pone muy contenta pues la tienen que operar de apendicitis. Allí conoce a otros niños: Ramón, Bambi Javier, Lourdes Cocoliso, Eduardo Manostijeras, Felipe Grillo, Pili y Mili, a los niños que iban a ser su pandilla y con los que correrá mil aventuras. Sin embargo, lo mejor de todo será su “estancia en el cielo”.
”Grandpa Died Today“(Mi abuelo murió Hoy). Fassler, J. Nueva York. Behavioral Publications. 1971. Es la historia de un niñito cuyo abuelo se muere y de las dificultades que tiene para aceptar esa muerte.
”The Magic Moth” (La mariposa mágica). Lee, V. Greenwich, Conn.; Seabury Press. 1972. La historia de la muerte de una niña de diez años. Su presentación delicada llegará a los corazones de niños de todas la edades.
”Annie and the Old One” (Anita y la vieja). Mills. M. Boston: Little, Brown and Co. 1972. La historia de una indiecita navajo que no comprende la muerte inminente de su abuela; se discute el concepto de que hay un momento en que todas las cosas tienen que volver a la tierra.
”The Dead Tree” (El árbol muerto). Tresselt, A. Nueva York: Parents’ Magazine Press. 1972. Una historia acerca del tiempo de vida de un roble. Explicando la muerte de una manera tal que el niño la pueda relacionar con su ambiente.
”The Tenth Good Thing about Barney“(La décima cosa buena que tiene Barney). Viorst, J. Nueva York. Athenson. 1971. La historia de un niñito que pierde a su gatito y como su madre lo ayuda a aceptar la muerte de este.
”Charlotte’s Web” (La telaraña de Carlota). White, E. B. Nueva York. Dell Publishing Company. 1952. Trata de un cerdito que pierde a su mejor amiga, una araña. Un libro valioso porque explica el ciclo de la vida y la muerte según se encuentra en la naturaleza.
¿Está la abuelita en el cielo?. Cómo tratar la muerte y la tristeza. Baum, Heike. 2003. Ediciones Oniro. Barcelona, 45 págs. Desde la realidad de que niños y niñas se toman las pérdidas, despedida y muerte de sus seres queridos de modo diferente, así como el modo en que procesan sus sentimientos y emociones, la autora, pedagoga, nos acerca el presente trabajo, sencillo y claro a la vez, en el que intenta establecer las lineas que nos lleven a comprender y redescubrir el adios en la vida cotidiana en los niños. Divide para ello el libro en: Duele separarse en el que incluye como se aflijen los niños, y lo que los adultos necesitan saber al respecto; principios y fines forman parte de la vida, donde configura los significados dados por los niños a las pérdidas cotidianas; comprender la muerte y sentir sin embargo, la vida, apartado en el que incluye juegos, actividades y ritos relacionados con la muerte.
La muerte explicada a mi hija. E. Huisman-Perrin. 2003. El Aleph Editores. Barcelona. Los niños pequeños hablan a menudo de la muerte. Después, al crecer, dejan de hacerlo. Ya no se atreven. Son conscientes de la angustia y del silencio de los adultos. Yo deseo combatir ese silencio. Si no podemos evitar la muerte, podemos cuanto menos evitar hacer de ella un misterio o tabú. Hay en esta obra una intención sin duda importante, que es presentar un discurso tranquilizador sobre la muerte y los pensamientos en torno a la misma, y ver en ella no sólo la causa que provoca el vacío atroz de la pérdida, de un sufrimiento constante avivado y reavivado desde la ausencia, sino también un fenómeno natural y aceptable. Dialogar con el niño sobre la muerte, nos refiere la autora, puede ser una de las mejores formas de mantenerse lo más cerca posible de la vida, al tiempo que se intenta alejar el silencio y la angustia.
The last goodbye 1. Bereavement guide. Jim & Joan Boulden. 1994. USA. Boulden Publishing. La presente guía ha sido elaborada a modo de preguntas y distintos ejercicios que ha de realizar quien la trabaja. De ella se obtienen respuestas de los que pensamos en torno a la muerte, de lo que sentimos, de lo que recordamos del obituario de la persona querida que murió, y de como nos sentimos cuando acaeció, durante el proceso y posteriormente. Nos cuestiona sobre distintas cuestiones de modo que entablamos una conversación con distintos aspectos relacionados con nuestro dolor, la pérdida y el significado que atribuimos a ella y a nuestros sentimientos. Mientras, mediante mensajes cortos se orienta al entendimiento de la razón y sentido de la muerte y el morir.
Saying Goodbye. Diciendo adiós. Jim & Joan Boulden. 1992. USA. Boulden Publishing. Guía para niños en torno a 5-8 años en las que mediante dibujos que pueden colorearse se invita a hacer al niño y la niña un recorrido por distintas preguntas que le acercan a significados en torno a la muerte. De muy fácil lectura y con distintos y variados comentarios, desglosan los autores diferentes ideas sobre la muerte mediante ejemplos sencillos.
Todos los caracoles se mueren siempre?. Cómo tratar la muerte en educación infantil. Agustín de la Herrán Gascón; Isabel González; María Jesús Navarro; Soraya Bravo; María Vanesa Freire. 2002. Ediciones de la Torre. Madrid.
Agustín de la Herrán Gascón es profesor titular del Departamento de Didáctica y Teoría de la Educación de la Facultad de Formación de Profesorado y Educación de la Universidad Autónoma de Madrid. Maestro, Isabel González Sánchez lleva trabajando desde hace más de treinta años como maestra de Educación Infantil y Educación Primaria. María Jesús Navarro es diplomada en Magisterio especialista en Ciencias Humanas y en Educación Infantil. María Vanesa Freire López es Maestra de Educación Infantil y de Formación de Adultos. Diplomada por la Universidad Autónoma de Madrid y Soraya Bravo García es maestra de Educación Infantil. Diplomada por la Universidad Autónoma de Madrid. Trabaja como profesora especialista de inglés aplicado a la Educación Infantil.
Este libro, redefine la educación desde una hipotética educación para la muerte. Se presenta como un material curricular útil, no sólo para maestros/as y educadores/as en formación y en ejercicio, sino para todos los profesionales de la educación infantil y todas las personas interesadas en ella: formadores, profesionales de la orientación y la atención temprana, equipos directivos, abuelos y abuelas, padres y madres, etc. El presente trabajo pretende: Favorecer la indagación de padres y profesionales, y propiciar, desde su interiorización, una educación tan integral como coherente; que la muerte sea comprendida por el niño de 3 a 6 años, en el diseño de la enseñanza, realizable tanto desde una perspectiva preventiva como paliativa o formativa; ser innovador desde una perspectiva cultural, porque amplía el campo de normalidad educativa e impulsa a la reflexión y la crítica sobre la práctica, la didáctica y la orientación escolar y familiar hacia ámbitos como éste, a la vez tapados y cotidianos, pero capaces de proporcionar al currículo una profundidad transformadora que no tiene.
Se estructura la presente ediciónen los siguientes apartados: Fundamentación: I. Un marco de referencia; II. La muerte como contenido educativo. Investigación: I. Coordenadas, II. La experiencia realizada. Vinculación de temas educativos transversales con la educación para la muerte: I. Educación para la salud. Educación sexual; II. Educación ambiental; III. Educación para la paz; IV. Educación vial; V. Educación del consumidor; VI. Educación moral y cívica; VII. Educación para la igualdad entre los sexos. El discurso de los niños: I. El niño como maestro de maestros; II. "¿Muertos o moridos?" (Diálogos con niños de 3-6 años); III. Los niños juegan y hablan de la muerte. Propuestas curriculares preventivas para la investigación-acción: I. Momentos; significativos; II. "Role Playing" con padres/madres y maestros/as: estrategia para la introducción del tema en un centro escolar; III. Fiesta: "El Día de Todos los Moridos"; IV. Murga; V. Títeres y cuentos de colores; VI. Rincones: "El Miedo"; VI. Actividades para unidades didácticas; VIII. Juego: "Sigue la Bola"; IX Taller Globalizado: "Rumbo a lo Desconocido"; X. Taller: "Érase una Vez..."; XI. Taller: "Mira, Mira... ¿Qué Ves?"; XII. Proyecto: "El Entierro de la Mascota"; XIII Escuela de Padres y Madres. Recursos didácticos. Respuestas curriculares paliativas para una eventualidad trágica: I. Acercamiento a la eventualidad; II. El discurso educador de los adultos: Una primera aproximación a las respuestas de padres y madres, maestros/as y equipos de orientación educativa y psicopedagógica; III. Pautas de intervención. Dichos, hechos y trechos: Curiosidades para pensar: I. Denominaciones, refranes y dichos populares; II. De mitos, cuentos y otros inventos; III. Se ha dicho... Conclusión. Anexos. Índice de figuras. Bibliografía citada y consultada.
La muerte y el duelo en el contexto educativo. Reflexiones, testimonios y actividades. Concepció Poch, Olha herrero. 2003. Paidós. Barcelona. 207 págs.
Las autoras del presente libro Concepció Poch licenciada en filosofía y master en psicopedagogía y Olga Herrero doctora en psicología, revelan lo importante de una formación adecuada que atienda al sufrimiento y el impacto de la muerte de las personas, por ello y fruto de la necesidad de que educadores, padres, pedagogos, psicólogos y profesionales de la salud, tomen consciencia de la necesidad de tratar, en los distintos niveles educativos, el tema de la muerte y el duelo, nos proponen un recorrido de reflexión y de posibles respuestas a los distintos interrogantes: ¿Cómo afecta a la educación la "sutil" discreción existente en torno a la muerte y el hecho de morir?, ¿Por qué nos planteamos "educar para la muerte"? ¿Y para qué? ¿Cómo explicar a los niños la experiencia de la muerte y hacer frente a sus preguntas?, ¿Cómo se trata la muerte en los curriculos educativos?, ¿Cómo dar la noticia de la muerte de un ser querido para él a un niño o a un adolescente?, ¿Cómo elaboran los duelos los adolescentes, los niños y los adultos?. El presente trabajo viene a contribuir de modo importante en ese espacio educativo de la pedagogía de la vida y de la muerte como una formación más, integradora, aportando a su vez testimonios y propuestas educativas a modo de estrategias de enseñanza-aprendizaje útiles que fomenten la reflexión personal y la práctica profesional.
Cómo ayudar a los niños a afrontar la pérdida de un ser querido. Kroen, William C. 115 págs.
En un lenguaje claro y conciso, el autor ofrece consuelo, compasión y sólidos consejos a cualquier adulto que esté ayudando a un niño a afrontar la muerte de uno de los padres, de un hermano o de algún ser querido. Ilustrado con anécdotas sobre casos reales, el libro explica cómo los niños perciben la muerte y reaccionará ante ella. William Kroen nos sugiere de qué modos podemos responderles según las distintas edades y etapas, y nos describe unas estrategias concretas para orientarlos y apoyarlos durante el proceso de duelo: desde los primeros desoladores días hasta que el niño conmemora al ser querido y finalmente sigue adelante con su vida. Un manual sumamente útil dirigido a los padres, maestros y a cualquier persona que se ocupe de un niño que llora la muerte de un ser querido.
¿Cómo se lo decimos a los niños?. Olshaker, Bennett . 230 págs.
El autor, pediatra y especialista en psiquiatría infantil, dedica este libro a los padres que desean educar a sus hijos en base al sentido común. Incluye el mismo, sugerencias y consejos que se basan en un profundo conocimiento de la mentalidad de los niños, los pensamientos y preocupaciones que motivan sus preguntas. Presenta respuestas que ayudan a elaborar una filosofía y un estilo de vida que puede apoyar a los adultos en sus responsabilidades como padres y educadores. Recomendado a cualquier persona que trate con niños.
Consejos para niños ante el significado de la muerte. Wolfelt, Alan, 103 págs.
Consejos para jóvenes ante el significado de la muerte. Wolfelt, Alan. 101 págs.
Ambos libros se profundizan en los sentimientos y momentos dolorosos que viven niños y niñas, y adolescentes cuando quien quieren muere. Por ello que invitan mediante su lectura a que dichos acontecimientos se exterioricen mediante la lectura y la reflexión, lo cual beneficia indudablemente a los ojos del autor. También intentan acercar al lector al entendimiento de la experiencia dolorosa desde la aproximación de consejos prácticos e ideas simples para dicho viaje personal.
NOTICIAS EN EL TIEMPO
El Atlante
enero 1837, Tenerife
CITAS Y SENTENCIAS PARA MEDITAR
En el Principio
Blas de Otero
Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.
Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.
Si abrí los ojos para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.
Blas de Otero
EL LIBRO DEL MES:
"Enfermedad y muerte en Canarias en el Siglo XVIII"
Tomos I y II
Manuel Hernández González, 2004
Hernández González, Manuel (La Orotava (Tenerife), 1960). Es profesor Titular de Historia de América en la Universidad de La Laguna. Habiéndose doctorado con su tesis: La Religiosidad Popular en Tenerife durante el Siglo XVIII, con la calificación de cum laude.
Ha sido profesor invitado y becario post-doctoral de la Universidad Johns Hopkins de Baltimore (USA) durante el curso 1988 - 89. Desde la perspectiva periodística, ha sido redactor del semanario canario "El Puntal", y corresponsal en Canarias del diario madrileño "Liberación", así como habitual colaborador de la prensa tinerfeña.
Entre los trabajos de investigación publicados debe reseñarse: Las elecciones municipales en el Valle de la Orotava (1841-1899) (en colaboración con D. Adolfo Arbelo. Premio Alfonso Trujillo, 1982); El antiguo Régimen en Canarias y la Revolución liberal y conflictos sociales en el Valle de la Orotava (1808-1823) (en colaboración con D. Adolfo Arbelo. Premio J. A. Álvarez Rixo, 1983); Los Conventos de la Orotava (Memoria de Licenciatura. Premio Alfonso Trujillo 1983); El Antiguo Régimen (XVII y XVIII) en colaboración con D. Adolfo Arbelo García, y único autor de La ilustración. Tomos III y IV, respectivamente, de la colección "Historia Popular de Canarias" (CCPC, 1989); Introducción y notas acerca del ilustrado orotavense Juan Antonio de Urtusáustegui y de su Diario de viaje a al Isla del Hierro en 1779; Diego Correa, un liberal canario ante la emancipación americana; La muerte en Canarias en el Siglo XVIII; Religiosidad popular en Tenerife en el Siglo XVIII (Fiestas y Creencias); La ilustración en Canarias y su proyección en América; La esclavitud blanca contribución al estudio del inmigrante canario en América; Siglo XIX (en colaboración con D. Manuel de Paz); Ciencia e Ilustración en Canarias y Venezuela; Mujer y vida cotidiana en Canarias en el Siglo XVIII (1998. CCPC).
Ha participado en numerosos congresos nacionales e internacionales y publicado artículos en revistas científicas tanto españolas como extranjeras.
El presente trabajo del autor, aparece dividido en dos volúmenes para mejor manejabilidad. En el primero de ellos se trata la enfermedad, la violencia y las catástrofes, abordándose todos los aspectos relacionados con aquellos momentos trascendentales de la vida humana en que individuos o colectividades experimentaron o pusieron en cuestión su supervivencia. Situaciones tales como enfermedades individuales o colectivas o fenómenos de la naturaleza (sequía, temporales, y las plagas, o las erupciones volcánicas, conflictos bélicos o la piratería). Un repaso a las causas y consecuencias de la enfermedad y la violencia en las Islas Canarias en el Siglo XVIII.
En el segundo volumen, se ocupa de los aspectos intrínsecamente relacionados con el momento de la muerte, el momento mori, y sobre las creencias en la vida de ultratumba. Abriéndose a la vejez y la viudedad y abordando la muerte y dos rituales estrechamente relacionados con ella: el viático y la extremaunción, muy frecuentes en la sociedad del Siglo XVIII. Son objeto de un apartado específico la muerte de las parturientas y de los niños, al igual que las personas revestidas de un halo de santidad. El entierro, la sepultura, las ofrendas a los muertos y el Día de Difuntos muestran las vivencias de la sociedad isleña ante tan trascendentales instantes. Finalmente las ánimas del purgatorio presentan creencias sociales sobre la vida futura y las formas de solidaridad y ayuda mutua que se establecen entre los vivos y los muertos.